Era una mañana
semi-nublada de febrero, hacia frio pero nada en comparación a la semana que
habíamos pasado de agua-nieve. Un sudor frío acompañado por un leve tembleque de piernas me recorría el cuerpo
cada 5 minutos desde que me levanté.
―Nuria,
preparada?
A duras penas
conseguí subir a Juan hasta el tejado, no estaba gordo aunque si algo barrigón.
En ese mes había perdido algo de peso. Margarita nos miraba desde abajo
expectante, con la orden de que si no volvía cerrara inmediatamente la puerta de
mi casa para salvaguardarse de ellos. De todas formas mi portal era seguro,
tenía doble puerta para entrar por lo que estaríamos entre una puerta y otra en
caso de que nos atraparan.
―Sí,
preparada.
Juan tenía en la
mano un jarrón pequeño de porcelana que me regalo mi ex, por fin algo suyo me
iba a servir… y un gato de la suerte chino que yo mismo pinté tiempo atrás con espray
blanco para hacerlo mas “cool” y que había sido mi compañero de piso durante
dos largos años. Era ligero y haría mucho ruido al estar hueco, era perfecto
para Juan. En ese momento me preguntaba ¿cómo estarían Robert y Dani? y si aún
le quedaría “aloz con pollo” del saqueo.
―Juan,
repasemos un momento.
―Vale.
―Esperas un minuto
y medio a que bajemos hasta la salida de la escalera al portal, no quiero que
me huelan mucho tiempo o no se irán. Cuando estimes lo lanzas hacia la derecha,
ya que la mayoría se acumulan en esa zona y despejamos esta zona de aquí.
―Si, si
entendido.
Juan me miraba
con miedo y desesperación en sus ojos. En parte por ser una persona mayor y
cagarla en un momento dado y sobre todo porque en este tiempo me había cogido
mucho cariño, como yo a él, aunque fuera de Franquito a muerte y a mí esas
cosas…
―Nuria,
¿preparada?
―Si
Con las manos
contamos 3, 2, 1 y salimos de nuestros respectivos tejados, Juan me abrazo
fuerte antes de bajar, yo lo mire a los ojos fijamente un segundo y salí rápido
hacia las escaleras sorteando a Margarita.
Bajé las escaleras
lo más deprisa que pude sin hacer ruido. Malditos escalones ruidosos de madera,
antes me parecían divinos, ahora mismo los odio. Vestido con todo lo que pille
de tela vaquera y guantes de piel, y equipado con el palo de una escoba y un
cuchillo, ahí estaba yo tragando saliva mientras bajaba el último escalón. Abrí
lentamente la primera puerta del portal de vidrio, solo gire la llave despacio,
esperando la caída del gato y jarrón que me llevara al infierno de fuera. Las
piernas me temblaban bastante más que antes mientras veía sus sombras tras el cristal
ahumado con rejas que adornaba la puerta principal de la calle, parecían más
sofocados. Espero que no me huelan y se vayan siguiendo el ruido, sino Nuria
estará pérdida.
―Ya
verás como por hacerme la “heroa” les voy a dar el desayuno a estos cabrones―.
Un ruido a lo
lejos me despierta de la interminable espera, las sombras desaparecen y espero 10
segundos para salir. Abriendo la puerta de la calle ya estaba Nuria cruzando a
toda prisa, al igual de deprisa que varios de los “mostuos” giraban sus cabezas
y corrían como galgos hasta nosotros.
Cogí la mano de
Nuria y la lance al interior mientras cerraba la puerta deprisa, torpemente. A
los pocos segundos se abalanzaron sobre ella como fieras una veintena de ellos golpeando
y arañando cada milímetro.
―Espero
que esta puerta antigua aguante. Corre hacia el último piso.
El ruido era
insoportable, me acerque a la puerta suavemente para cerrarla con llave y
asegurarla. La cólera de estos aumento hasta romper uno de los gruesos vidrios
por la esquina. Cerré la otra puerta y subí pesadamente las escaleras. Mis
piernas no respondían, el temblor era mucho mayor, el miedo contenido estaba
surgiendo a cada paso que escalaba camino a casa. Una risa nerviosa surgió de
mi ¡Todo salió bien!, ¡Estábamos vivos!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario