15/7/14

Capitulo 5. Hienas de la Sierra - Parte 4 -

Fue una noche larga, de esas que sabes que no has parado de retorcerte en la cama como una culebra. Desde que empezó este fin del mundo las pesadillas eran de lo más comunes, soñar que te mataban o comían era el pan nuestro de cada día. A veces creo que era bueno porque te levantabas en alerta y eso podía salvarte en algún momento la vida.

No sabía ni en que mes estábamos, ¿mayo?, pero hacia un día fabuloso. Estaba claro que era primavera, el campo estaba a reventar de colores diferentes. Con un café aguado y el pan tipo pita que preparaban, me asomé junto a María a la terraza superior con el huerto y ahí estaban, un par de amigos para darnos los buenos días. 

―Ya te estas haciendo pipí del miedo―dije de broma a mi hermana susurrando―.

―Eres gilipollas nos van a oír.

Maria  estaba claramente nerviosa, hoy tendría su primera prueba de fuego nada más salir, el plan era simple, mientras yo iba a por uno, ella tenia que darle un palazo en la cabeza a otro y luego hincarle el cuchillo en la arteria del cuello. Teníamos armas pero no podíamos hacer ruido o atraeríamos muchos más.

Las películas habían hecho mucho daño en la población, estoy seguro que más de uno intento ensartar un cuchillo en la cabeza de alguien y acabó mordido, por aquello de que a los zombis solo se les mata destrozándoles el cerebro, pero esto no era ni remotamente factible, lo primero porque no teníamos espadas samuráis y  lo segundo que los cráneos no eran tan fáciles de atravesar. Aún recuerdo a Nuria, que era una fiera sanguinaria cuando le daba el punto, intentado atravesar cabezas de cadáveres y otras cosas duras que encontrábamos por las tiendas que saqueábamos y nunca lo conseguía del todo. Era más fácil ir a la arteria o el cuello o simplemente intentar apuntar a uno de sus ojos con una trayectoria ascendente al cerebro. Quien me escuchara hablar así alucinaba, cada vez que explicaba esto se me quedaban mirando como, ¿tu donde te has criado?

Después de una larga despedida con sus lloros y nerviosismos, corrimos cuales ninjas fuera de la casa, mientras las demás miraban los toros desde la terraza, pero por muy ninjas que intentásemos ser nuestro olor a carne fresca nos delataba, en menos de dos segundos ambos dieron la vuelta y en cuanto nos tuvieron en su campo de visión se arrojaron como locos hacia nosotros. Yo con mi habitual palo de escoba y con un martillo fui por el señor más corpulento, con gran suerte atiné a golpearle fuertemente la cara, hundiendole parte de esta, cayendo de plomo al suelo convulsionando levemente. A su vez, María se acercaba al otro, que se abalanzaba sobre ella, hasta darse cuenta del fuego que llevaba en una de sus manos, yo a una distancia prudente la observaba para ir a prestarle ayuda en caso de "drama". 

María llevaba el cuchillo en una mano y un buen palo de una pata de la cama en el otro, encendido en forma de antorcha, que le hacía sentirse más segura. Yo no la veía muy resuelta la verdad, la hiena la rodeaba con cuidado, era la primera vez que los veía reaccionar al fuego, era impresionante. En el momento más tenso el convulso agarró mi bota, el "hijoputa" ya se había recompuesto del pedazo de golpe que le había propinado y con media mejilla colgando intentaba morderme la pierna, ahí empece una tanda de clavadas de palo y golpes de martillo que le dejó fuera de juego ipso facto, mientas miraba por el rabillo del ojo a mi hermana, cuya cara era un poema. En una de esas vueltas enfrentando a la hiena que la respetaba por el fuego, María aparto la antorcha y casi lo alcanza con el cuchillo, entretanto el  graderío de la terraza daba un respingón al ver como la hiena intentaba morderle la mano, pero ella reaccionó ágil dandole un antorchazo en la cara. El olor a pelo quemado de hiena llegaba hasta mí y María volvió a intentarlo con más acierto y sobretodo más cabeza, distrayéndolo con la antorcha a su izquierda y rajándole la garganta con su derecha. No fue un corte limpio pero lo suficiente para que la hiena carraspeara soltando sangre a borbotones hasta hincar las rodillas en el suelo y finalmente quedar inmóvil.

María no parecía muy contenta, es más, parecía algo traumatizada, pero se iba a tener que acostumbrar a matar de esta forma tan cruel, no nos quedaba otra.

Nos despedimos de nuestro público como gladiadores y deseándonos suerte partimos campo a través con antorchas apagadas y lo más sigilosamente posible,  pasando de terreno en terreno privado, buscando cualquier coche que nos pudiera llevar al pueblo. 

María y yo llevábamos sendas mochilas llenas de agua, algo de comida y azúcar para aguantar al menos dos días. Yo llevaba la escopeta de doble cañón por si nos veíamos desesperados y María llevaba una escopeta de balines, pero no de las de juguete, sino de las de caza menor, que también poseía de doble cañón, o sea, de dos disparos. Además ambos llevábamos varias antorchas atadas en las mochilas y varios mecheros en los bolsillos.

El día anterior decidimos ir profundizando en la sierra en vez de acercarnos a la carretera, no sabíamos si era buena idea pero la carretera era exponernos demasiado, además las verjas y mallas que rodeaban las casas nos daban la seguridad de que si nos seguían los retendrían un poco.

Después de horas y horas de una lenta y silenciosa caminata que se torno desesperanzadora, tuvimos por fin nuestro premio,  un premio demasiado fácil y sencillo. Delante de nosotros había un coche nuevecito, en una parcela con una casa bastante grande.

―Esta es la casa de los Villarroel. Exclamó mi hermana
―¿Tu sabías donde veníamos?
―Intuía que podíamos encontrar esta casa, pero hacía tanto que no andaba por aquí que no podía asegurarlo.

Era perfecta, los Villarroel era una matrimonio de ancianitos que no tenían descendencia. El chofer y la limpiadora de toda la vida serían los descendiente o al menos eso era lo que se decía en el pueblo, aunque tenían una familia lejana, de Cáceres, que en verano hacía las veces de mostrar interés por los simpáticos ancianos y bajaban al sur a pelotearles lo máximo posible para no quedarse sin su parte del pastel.

En la gran finca que tenían no se movía una mosca, preferimos no saber que había dentro de esa casa pero no parecía que ninguno hubiera sobrevivido, con su edad era poco probable.

―En estos momentos es cuando más me acuerdo de Papá y Mamá―soltó de golpe María―.
―Ya, yo prefiero ni pensarlo. Venga no te distraigas, vamos.

El coche estaba completo, era un buen coche, un todo-caminos, y de los caros.

―No están las llaves, pero esta abierto.
―Mira bien dentro del coche María, enciérrate en él para buscar, yo voy a mirar en la cochera.

Era una cochera antigua, de esas abiertas por ambos lados, solo para resguardar el coche del sol en verano, había una puerta que conectaba la cochera a la cocina  la cual estaba semi-abierta. Miré ligeramente dentro, me fijé en cada detalle y por fin vi las llaves, estaban cerca, en un colgador de loza antigua sobre la encimera al otro lado de la cocina, colgadas con otro montón de llaves y trapos de cocina que casi las ocultaban.

Caminé hacia dentro, lentamente, sin hacer ruido con palo y martillo en mano. La cocina estaba revuelta, no quedaba ni una pizca de sal, todo había "volado". Cogí las llaves con cuidado, esperando que fueran las correctas, cuando ya iba de vuelta eché un vistazo para ver si podía ver un poco del salón.  Existía una pesadumbre en el ambiente, algo muy desagradable se intuía en la casa y quería descubrirlo. Seguí despacio pensando que si había alguna hiena ya me debería haber olido, ya fuera de la cocina la madera antigua del piso crujía a cada paso y me ponía los pelos más de punta, estaba más tenso que un filete de 20 duros. ¿Porque hacía esto? ―me preguntaba―, es lo típico que ahora me sale uno y ¡zasca!, pa´el hoyo.

―¿Que pasa?
―Ostia puta, María, que susto, sal de aquí―dije bajito con el corazón en la boca señalándole la puerta―.
―Si hombre, yo no me quedo ahí fuera sola ni loca―dijo ella susurrando―.
―Sigue mis pasos hacía el salón, plasta.

Entre la cocina y el salón un pasillo con suelo de madera bien iluminado separaba ambas puertas, el salón tenía una luz proveniente de una cristalera gigante que daba al jardín trasero, conforme fuimos pasando el pasillo y viendo la vidriera, junto a ella,  se veía una calva apoyada en el cabezal de un sillón de piel bastante antiguo, a sus pies el cuerpo de la señora Villarroel, de la cual solo veíamos parte del tronco y piernas, yaciendo envuelta en un espantoso olor que llegaba hasta nosotros.

―Vamos, María ya tengo las llaves, vámonos.
―¿Son zombís?
―Si claro, y le está haciendo una mamada. ¿pues no ves que están muertos?
―Hijo yo que sé, tu los ves mejor. ¿Pero murieron del virus?
―No, creo que se han suicidado o los han matado.
―¿Que los han matado? ¿de donde sacas eso?
―Lo primero ¿porque esta la puerta abierta? ¿y porque esta todo revuelto?. Mira el sillón bien.
―Que fuerte―dijo María al ver los disparos que venían de delante del cuerpo y habían salido por detrás del sillón―.
―O él se ha trasformado, ella lo ha matado y luego suicidado o les han matado. Sea lo que sea no me voy a acercar a mirarlo y la casa o la han saqueado los asesinos o han entrado luego.
―¿Y porque no se han llevado el coche y las llaves?
―Pues no se pero no vamos a averiguarlo, vámonos.

Casi saliendo, mientras revisábamos la cocina para ver si habían olvidado algo de comer, oímos un coche que adentraba en la parcela.

―Mierda María, corre, ven, corre.

Subimos las escaleras deprisa mientras escuchábamos como cerraban las puertas del coche.

―No te muevas de aquí si ves algo pita suavemente―oímos escondidos en el baño de la habitación principal―.

Abajo uno de ellos entró bruscamente, abría y cerraba cajones desesperado, revolvía media casa hasta que paró. Entró de nuevo pero ahora eran dos

―Vamos ayúdame a buscar las llaves, tienen que ser negras, llaves de coche, busca por la cocina hijo, no salgas de aquí, hay que estar atento por si vienen bichos.

María me miró con cara de terror, adivinando mi pensamiento; yo tenía las llaves y no se irían hasta encontrarlas, o  lo que es lo mismo, encontrarnos.

―Papá por aquí no están.
―Shh, más bajo hijo, maldita sea así no sobrevivirás solo nunca.

El niño se oía revolviendo todos los cubiertos y cazuelas de la cocina, el padre como una bestia movía el salón y el comedor entero.

Una luz se encendió en mi cabeza, eran ellos, los que me habían dejado en el suelo sin importarle si iba a morir o no.

―¿Voy arriba Papa?
―No hijo quédate ahí vigilando fuera.

Salió con el hijo y le dio instrucciones de nuevo. Me asomé por la ventana, el niño quedó solo mirando alrededor cargado con una escopeta, desafiante.

El hombre entró en una habitación contigua a la nuestra, estaba apunto de descubrirnos.

―Apunta al niño.
―¿Qué?, Noel no pienso matar a un ni..
―Sshh, María apuntale, hazme caso, esos son los dos que me dejaron morir en el peregrino y seguramente él haya matado a estos también.

El hombre se puso a revolver la habitación violentamente.
―Que pasa hijo de puta­―dije abriendo la puerta del baño apuntandole―.
―¡Tu!―fue veloz a por la escopeta que había dejado apoyada sobre la cama―.
―Sshhh tranquilito, eh―le dije mientras andaba hacia mi―. ¿Ves mi hermana?, cazaba con mi padre desde pequeña y esta apuntando a tu hijo directamente abajo. No es un tiro muy difícil. Un movimiento y pum...al suelo.
―¿Que quieres?
―Nada, no soy como tu, carroña. Solo quiero ese coche para irme y sobrevivir dignamente, no como vosotros hacéis―le dije mientras me acercaba y recogía su escopeta―.
―Pues venga, cógelo y vete, ¿a que esperas?
― Te crees que soy tonto ¿o qué?. Eres una avaricioso, mira lo que le has hecho a esos pobre viejos.
―Yo no fui, de todas formas no tenían ninguna oportunidad en este mundo. 
―¿Y tu quién eres para decidir eso?  Entra en el armario y estate calladito, ya nadie te creé, seguro que los matastes y ahora vienes a terminar la faena con tu hijo.
―No se te ocurra hacerle nada al niño o te perseguiré hasta que el fin del mundo.
―Tranquilo, si no te hago a ti nada menos voy a hacerle a tu hijo,  nosotros aún tenemos algo de humanidad. Entra ya cojones.

Entró en el armario cerrando un poco la puerta, fui y eché la llave echando todo mi peso sobre la puerta por si intentaba abrirla.

―Cuando arranque mi coche le daré la llave a tu hijo. Vamos María.
―Más te vale.
―No seas tan chulo que pego dos tiros al armario y me llevo a tu hijo, al menos el pobre tendrá una infacia lejos de un loco como tú.
―¿Manuel?, Manuel soy María, la madre de Alejandro.

Me volví hacia atrás sorprendido cuando oí a mi hermana hablar con el hombre tras la puerta.

―María, ¿que haces con este?
―Yo conozco  a Manuel, su hijo Lolo es amigo de Alejandro―dijo María al verme con la boca medio abierta―.
―María sacame de aquí―dijo el hombre―.
―Es mi hermano, al que dejaste morir en la cuneta por lo que no puedo fiarme de ti. Solo queremos el coche para poder tener una oportunidad, como todos. A tu hijo no le pasará nada, te lo prometo.
―Esta bien iros ya.
Bajamos tranquilamente la escalera. María salió primero con su escopeta.
―Lolo―grito María­―. Lolo soy María la madre de Alejandro ―dijo saliendo despacio por la puerta de la cocina―.
―¿María?
―Voy a salir con mi hermano, el tío de Alejandro, deja el arma en el suelo no queremos asustarte y que pase algo peor.
―Pero no entiendo,¿ y mi Padre?
―Arriba―dijo María aventurándose a salir con el niño aún sosteniendo su arma.
―Tu padre tenía un arma Lolo, no queríamos que nos lastimara y lo dejamos encerrado arriba.
―Pero no lastima a nadie solo a los infectados.
―Lolo, ¿me recuerdas?―dije saliendo de la oscuridad del garaje―. Tu padre me dejó allá afuera, y me robasteis todas mis provisiones.
―Pero tu estabas mordido, ibas a transformarte.
―No yo no fui mordido―María se volvía mirando el vendaje de mi mano―. Sino como iba a durar tantos días normal.
―Pero el te vio la herida, tenia forma de mordida, dijo.
―Niño, te estoy diciendo que no, que de eso hace dos semanas al menos y sigo siendo un hombre normal, ¿es que no lo ves?, tu padre se equivocó. Baja el arma que queremos solo el coche, tu padre esta bien, encerrado en el armario del piso de arriba, sube por tu padre con esta llave y os vais a casa.
―Si Lolo, venga queremos irnos y tu padre estará preocupado arriba esperando que le abras, deja el arma en el suelo y ven.

El niño obedeció, conocía a María desde pequeño.

―María, ¿podría ir a donde vivís a ver algún día a Alejandro?

María negó con la cabeza resistiéndose a llorar.

―No hijo, no puedes.
―Juro que iré solo, se conducir bien mi padre me enseñó.
―No hijo, Alejandro ya no es uno de nosotros―dijo tocando el pelo del muchacho mientras pasaba por ella.

El niño abrazó a María y fue hacia arriba con la llave. Los dos montamos en el coche y fuimos deprisa hacia dirección al pueblo.

―Tu estimaras mucho a ese niño y su padre, pero son dos pedazos de hijos de puta.
―Todos tienen que luchar de alguna manera contra lo que sucede ¿no?
―Si, pero no asesinando personas sanas.
―Bueno tu no sabes si ellos mataron a los..
―Mira María no me jodas, ese tío es un fiera, sino mira como entraba buscando como un loco desesperado. ¿es que vas a defender al que casi me deja morir?
―Déjame ver tu mano―dijo sin previo aviso―.
―¿Para qué?, ya te dije que bajo esa venda hay una herida de un vidrio de una tienda, es un tajo profundo.
―¡Ay Dios mío!, ¡tío, te han mordido!
―¡Que no,plasta!
―Entonces ¿por qué no me lo enseñas?

María empezó a forcejear con mi mano mientras conducía, paré en seco y le quite la mano bruscamente.

―María, sí, fui mordido, ¡Ya esta, mira!.
―Pero, no lo entiendo, ¿cuándo?, ¿porque no eres uno de ellos aún?.
―No lo sé, ya te dije, mordieron a mi amiga Nuria y luego saltó a mi.
―Pero ella si se trasformo, ¿No?
―Si, no sé, tengo la teoría de que la sangre de Nuria estaba en su boca, supongo que su sangre limpia toco la mía y evitó la infección. Tuve suerte, no puedo dar otra explicación.
―Alejandro se transformo en 6h, más o menos―dijo con voz temblorosa―.
―Lo siento María, yo no experimenté ninguna reacción, no entendemos bien el virus, a lo mejor hay connotaciones que se nos escapan.
―Pero es extraño.
―No sé, sigamos, “porfa”, ese hombre tiene que estar a punto de alcanzarnos si nos sigue y me distraes.

El resto del camino fue fácil aunque ajetreado, esta vez la manada de hienas era menor, ya me había cargado unos cientos cuando subí la primera vez, ahora me perseguían camino al pueblo e íbamos tan deprisa que algunos chocaban contra nuestro cristal, fracturándolo levemente y haciéndonos en más de tres ocasiones casi perder el control del vehículo. 

A lo lejos veíamos como se iban sumando a la manda más y más que iban saliendo del campo, de casas, de terrenos aledaños y que supongo la primera vez con el ruido de aquella tarde lluviosa no escucharon claramente, o eran nuevos inquilinos silvestres, quien sabe, pero conforme iba viendo lo que se amotinaba detrás, más miedo me daba nuestro regreso.

―¿Tienes que conducir tan deprisa, Noel?.
―¿qué quieres quedarte a charlas con ellos sobre casquería y comida rápida?
―Es que me llevas acojona´, tío.
―Es que necesitamos hacer distancia con ellos para que no nos sigan hasta casa, lista. Seguramente tengamos que pasar allí la noche, sino a la vuelta al campo vamos a encontrar este tapón que estamos formando aquí detrás.

María se quedó algo conforme con la explicación pero la veía algo intranquila, más intranquila que por estar rodeada de zombis lo estaba por Alejandro. Ella sabía que pasar la noche en casa implicaba tener a su hijo-zombi sobre su cabeza, pudriéndose en un cuarto donde aún sin darme explicaciones sobre el suceso, había encerrado.

―¿Estas bien? ―le pregunté nada más entrar en casa.
―Si, ¿por?. Que barbaridad Noel, que de cosas tenéis aquí. Esta la casa llena de...¡de todo!.
―Si, ya te dije, Nuria y yo estuvimos días sin descanso, casi todas la hienas estaban allí con vosotros, tuvimos tranquilidad de sobra para saquear abundante e inteligentemente.

Empezamos a bajar cosas y llenar el coche completamente, para ganar tiempo por si a la mañana nos encontrábamos el pueblo nuevamente “poblado”. En un santiamén y con la seguridad de tener el coche taponando la puerta de entrada al edificio, llenamos hasta el ultimo milímetro de este, tanto con comida como con artículos básicos como  medicinas,gas, pastillas potabilizadoras cortesía de la tienda de caza y supervivencia, semillas que mi querida e inteligente Nuria había robado de una floristería cercana a casa y un largo etc.


―Ahora nos queda la basura, hay que restregar el coche y ya podemos subir y descansar.

María me miró con cara de angustia, mientras bajaba cosas la observaba mirando por el ojo-patio, en parte desconfiada y por otra parte curiosa pero siempre con una cara de amarga tristeza.


―¿Quieres que nos vayamos?, aun hay un poco de luz―dije sorprendiéndome a mi mismo por pasar por alto de aquella manera mis planes―.
―¿Será seguro? Cientos de ellos iban ya de bajada.
―No sé, tal y como corren deben de estar ya llegando al pueblo. Podemos ir a mirar desde la autopista, hay suficiente distancia a la otra carretera y se ve bien el panorama desde ahí. Además no es tan mala idea, no contábamos con tantos, mañana será más difícil subir.
―Yo preferiría volver, aquí no me siento ni a gusto , ni segura, ni cómoda.
―Ya, lo imagino, yo tampoco―dije mirándola apenado―.

María cogió una marco de plata que tenía mi madre con el retrato de su hijo cuando era pequeño y fuimos para el coche.

A lo lejos se veían parecer los primeros cuerpos corriendo hacia nosotros como si no hubiera un mañana.


―Corre, corre―le grite desesperado―.

8/7/14

Capitulo 5. Hienas de la Sierra - Parte 3 -

―Holaaaa, soy Noel ¿Holaaaa?, ¿hay alguien? ―dije gritando repetidas veces, desesperado, pensando en que las hienas me oirían primero―.

Ande hacía atrás para tener una vista general y la casa estaba cerrada a cal y canto, podía haber alguien, y miré una reja por donde trepar para ponerme a salvo,  estaba haciendo mucho ruido y no tardarían en venir.

Un minuto después se abre la puerta trasera, donde aparecieron dos de mis hermanas corriendo hacia mí.
―¡¡Noel, Noel, ven corre!!

Fui los más rápido que pude y nos abrazamos llorando, casi me caigo sin fuerzas entre sus brazos mientras me besaban y apretaban más fuerte.

―Vamos adentro, corre―me empujaron cerrando la puerta tras de mi―.

Todo el mundo me abrazaba dentro, estaban dos de mis primas, su madre, mis dos hermanas y 5 niños,  en total 10 personas sobreviviendo en aquella gran casa, pero lo extraño es que no se veía ni un solo hombre.

―¿Dónde están vuestros maridos?
―Siéntate, ¡estas muy flaco!―dijo una de mis primas con cara de querer cambiar de tema―.

Mientras me comía una sopa bien insulsa, de esas que antes hubiéramos denominado aguichi, pero que ahora me sabía a gloria, me explicaron parte de la historia que les había tocado vivir hasta esos días.

La forma en la que escaparon de sus casas pocos días después de la propagación “heavy” del virus era un tanto rocambolesca, yo tenía la cabeza un poco loca con todas hablándome y al parecer utilizaron fuego para salir entre la cantidad de zombis que había por aquella época en el pueblo, quemando trapos y  palos, tirando cosas prendidas a lo largo de la calle, pero todas hablaban a la vez haciéndome prácticamente un Sálvame de Zombiluxe . En total, lo que pude entender es que llegaron y que en el transcurso de su historia había demasiados fallos, los que les provocó dejar atrás a muchos de los nuestros. 

Uno de mis cuñados, que trabajaba en el hospital, fue el primero en caer, cuando aún no se sabía nada del virus y la gente se agolpaba en urgencias con mordeduras e incluso amputaciones. Típico de película de ciencia ficción, por supuesto los sistemas sanitarios cayeron primero. El resto de hombres que quedaron habían continuado sus bajas sucesivamente, sobretodo en una campaña de recolecta de alimentos en mi pueblo y aldeas aledañas a la zona de campo para poder abastecer la casa y no salir de ahí hasta que no hubiera más remedio.

―Noel, cada semana venía uno menos. Tenían que luchar contra los infectados y contra los no infectados por conseguir víveres, peor que una guerra―decía una de mis primas―.

En sus idas y venidas habían conseguido proveer la casa con muchas cosas, estaban “bien” al menos por un mes, según me contaban, pero eran demasiadas personas y las provisiones bajaban rápido.

―Un día no volvieron, ya habíamos perdido a Juan y Victor en otras salidas, pero un día ya no volvió ninguno y de eso hace más de 20 días.

Todas lloraban disimuladamente, el dolor lo escupían hacia dentro, para no mostrarse vulnerables delante de los niños, los cuales y sin atreverme a preguntar, tampoco estaban todos, el primero que echaba en falta era mi sobrino, el mayor, pero ya había sentido en mis carnes a que se debía su ausencia.

―Tanto ir y venir con los coches provocó que al final una oleada de zombis se dirigiera hacia el campo, ellos seguían a los coches, aunque los perdieran de vista, ellos continuaban en nuestra dirección, es como si nos oliesen y hasta hace un día teníamos un centenar, sino más, deambulando alrededor de la casa.

―Si, creo que fui yo el que consiguió que os dejaran tranquilas un tiempo.
―¿Y eso?,¿que hiciste?­―pregunto una de mis primas.
―Es una larga historia, muy larga...

Dormí toda la tarde con un buen paracetamol en el cuerpo para ayudarle a bajar la fiebre que me tenía aturrullada la cabeza junto con las historias de todas hablándome a la vez. Por primera vez en semanas descansé tranquilo, seguro, con la seguridad de estar en un sitio conocido rodeado de gente que me protegía. ,  Me despertaron para cenar, pasta casi blanca con un toquecito de tomate y atún, una cena de lujo por mi vuelta. El resto de la noche estuvimos hablando de mi historia, de la epidemia, la familia, los niños, etc., fue muy reconfortante y parecido a un fin de semana normal con la familia en el campo, aunque rodeados de candiles improvisados y ausencias, que se palpaban a cada segundo.

A la mañana siguiente y en días sucesivos me empecé a percatar del modo de vida que llevaban. La casa tenia un patio interior al aire, muy típico de las casas andaluzas, ahí mismo se las habían apañado fabulosamente  montando una pequeña cocina con la original, sacada de la propia cocina y adaptada al fuego. Estaban todo muy bien pensado, incluso hacían su propio pan, pegando la masa de pan en la olla y calentándola lentamente cerca del fuego por horas, era un pan "pa´ perros" pero al menos se podía reconocer un sabor familiar. El agua la recogían con una gran lona, suerte que fueron meses de buena lluvia, y aunque tenían garrafas suficientes, usaban la de la lluvia cotidianamente, hirviéndola para esterilizarla y usarla para aseo y comida. 

A veces podía resultar un poco negativo pero las veía muy airosamente usando el agua que tenían acumulada en un sin fin de partes de la casa, pero ese chollo  se acabaría pronto. Esa zona era de sequía y llegaba la época en que las lluvias cesarían por meses y meses, y eso se convertiría en un gran problema.

―Tenéis que ahorrar más agua―dije a una de ellas que pasaba por ahí―.
―Pero si casi no gastamos.
―Pensar, que si no lloviera más hasta otoño, siendo optimistas, estarías sobreviviendo con lo que tenéis 6-7 meses.
―Siempre hay tormentas de verano, además el tiempo ha cambiado, ¿no lo notas?
―Si, lo comentábamos yo y mi amiga Nuria, el aire está como más puro, menos pesado. Pero quien sabe como serán ahora los veranos e inviernos, hay que conseguir más, sobretodo potable.
―Hombre, nunca está de más.
―¿Y como os habéis apañado para conseguir leña y cosas de fuera?
―Pues con el fuego―respondió extrañada―.
―¿Con el fuego?
―Si Noel, esos "monstruos" huyen del fuego, no les gusta nada, ya te lo comentamos antes  ¿no lo sabes?
―No sé, pero como decís que aquí fuera ¡había cientos!, no sé.
―Si, ellos van a intentar en todo momento alcanzarte y darte el "ñasco", pero el fuego los frena en seco, así que…―mi prima se acerco con dos antorchas de lo más rudimentario, con tela y aceite­―, así salimos, haciendo un circulo entre nosotras y dos en medio con el carro, hasta la leñera de atrás y con la carretilla arramblábamos todo lo que podíamos, la otra mientra una cargaba iba tirando hacia la puerta leños, por eso había ese desorden  de fuera. Menudos "leñazos" le pegábamos a los zombis. Así teníamos los palos más cerca para recogerlos antes de entrar y recoger los máximos posibles. Una vez cas...
―Eso puede dar mucho juego, claro, como no lo había pensado antes, ¡el maldito fuego!, que estúpido, ¡si son como animales!
―Si pero todo tien un límite, por ejemplo ahora que había cientos era imposible salir así con cuatro antorchitas, ni lo intentábamos, porque se acercan mucho y dan zarpazos al aire y a veces hasta golpean, por lo que hemos estado quemando cosas para sobrevivir este último tiempo. Ahora tenemos una cama de madera menos, cuatro puertas de de armarios  y  prácticamente todas las sillas de las habitaciones.
―Ya, ya. Vamos que el que tenga un lanzallamas tiene que ser el "puto amo" ahora mismo.
―Pues si, quien tuviera un par pa quemar a los "hijosputa" estos.
―¿Y donde venden lanzallamas? Porque yo he estado en la ferretería grande del pueblo y no he visto algo parecido. Eso tiene que ser difícil de encontrar.
―Si, aunque yo había pensado que para quemar los rastrojos de la poda de los olivos lo mismo tenían algo parecido.
―Bueno, lo dudo, eso con un poquito de gasolina arde volado. Además, ¿no estaba ya prohibido quemarlos?
―Si, pero tu sabes, la gente de campo se la suda todo eso y los quemaban.
―Bueno, no creo yo que existan lanzallamas en este pueblo, ni en todo Andalucía, tendremos que conformarnos con las antorchas hasta que se nos ocurra algo.

La segunda noche casi no pude pegar ojo, la cantidad de posibilidades que habría el fuego eran infinitas, pero todo necesitaba una producción faraónica. Tampoco podía dormir porque me sentía responsable de todas esas vidas y según los recuentos de comida que hice por encima no les duraría más allá de 15 días, no un mes como me contaron y encima ahora tenían otra boca que alimentar. Solo podía pensar en llegar a la casa del pueblo, recoger todo lo recolectado y darles una nueva oportunidad de seguir sobreviviendo otro tiempo sin problemas, pero aún así seguían siendo recursos insuficientes para mantenerlos meses. Tenía que pensar, tenía que hacerlas fuertes, ese rollo  "mujercitas" esperando los maridos y haciendo pan las iba a sepultar en esa casa y yo no me iba a quedar viéndolas, ya sentía la necesidad de bajar a buscar al resto de mi familia a Cádiz y necesitaba dejar a  todas estas con la seguridad de que sobrevivirían en mi ausencia.

Después de 10 días, mi recuperación era tangible, aunque mi delgadez siguiera siendo extrema, y mi única preocupación, como la de ellas, era ver la cantidad de comida que nos iba quedando. 

En esos días tuve oportunidad de ver como este grupo de persona, que era parte  mi familia, se había acostumbrado a vivir y sobrevivir en condiciones que ninguno de nosotros había experimentado en su vida y esto me hacía pensar en como otras personas se lo habrían "montado" alrededor del mundo y sobretodo como podríamos mejorar nuestra calidad de vida, y sobre todo la de los niños.

Las puertas y ventanas estaban prácticamente tapiadas, con alguna que otra rendija para que pasara la luz. Habían hecho masilla con unas bolsas de yeso que tenían de una obra en la piscina y unos ladrillos, este no era "super-estable" pero al menos no estaban descubiertas ante una simple ventana de cristal, aunque ya estaban suficientemente protegidas con las rejas de las ventas, muy habituales en las casa de campo para evitar robos cuando están vacías, pero decidieron tapiarlas por varias razones; la primera para que los niños no vieran a los que estaban fuera, lo segundo para insonorizar un poco las habitaciones del jaleo dantesco exterior y la tercera por esconderse de ellos y que se fueran a buscar a otro lugar comida fresca, lo que ellas no sabían es que su olor en puertas, ventanas, etc las delataba.

En la  terraza superior, la cual antes no se subía o utilizaba para nada, y donde el sol daba más horas, habían improvisado un tremendo huerto, el cual ya empezaba a florecer poco a poco, sobretodo habían plantado tomates que trajeron la primera vez, pero había también plantas aromáticas que mi tía tenía para plantar algún día guardadas en un cajón. Si consiguiera semillas variadas para ellas, estas darían comida y sería casi perfecto, pero solo podrían comer cosas de temporada y había que pensar muy bien que plantar, y como antiguamente, se podían hacer conservas y compotas.

Mi tía, desperdigado por el terreno, tenía algunos árboles frutales muy antiguos, entre ellos que yo recordara tenía un laurel, un membrillo, dos perales, dos limoneros y varios naranjos pero de naranja amarga y sobretodo muchos olivos, como era típico en el lugar. También, pero ya  naturalmente en el entorno había almendros, castaños, moreras y muchas encinas, cuyas bellotas ahora ya no servirían solo para los cerdos y en los riachuelos cercanos había zarzas cuyas moras comíamos de pequeños siempre en verano. El problema era salir para recolectarlos.

Las noches eran más oscuras de lo que eran ya los días con tanto "blindaje", la luz que entraba a la casa era exclusiva del patio interior y cuando se echaba la noche se las apañaban poniendo mechas hechas con muchos hilos, las cuales unieron con cera de las ultimas velas, estas las ensartaban a un cartón y las ponían dentro de vasos con aceite de oliva ya usado, durando muchísimo, aunque claro su uso estaba bien limitado por lo que en cuanto oscurecía era hora de cenar y acostarse, la vida nocturna prácticamente había terminado.

La ropa se lavaba poco o nada, solamente la interior, camisetas muy usadas y cosas por el estilo. Tenía un barreño lleno de muy poco jabón y agua y ahí se pasaban horas a remojo y restregando, después lo pasaban a otro con agua limpia la cual no tiraban instantáneamente y usaban para limpiar cosas de menor importancia. La ropa quedaba acartonada porque seguía con restos de jabón pero al menos olía bien.

El tema de la menstruación era mucho peor, no tenían ya nada para ponerse, según me contaban simplemente se ponían trozos de tela que luego enjuagaban y dejaban secar para reutilizar, era lo que peor llevaban, por lo que supe, estaban todas deseandito de tener la menopausia.

Después de esos días días observando y viendo su modo de vida, decidí que ya era hora de moverse y que teníamos que reaccionar lo antes posible si queríamos seguir comiendo.

―Me voy mañana por la mañana, intentaré conseguir un coche y bajar al pueblo a por las cosas que tengo en la casa, eso nos solucionará un par de meses, si es que sigue todo allí, además hay muchas cosas que podéis necesitar―dije de sopetón a la hora de la comida―.

Todas callaron. Yo sabía que por un lado les daba miedo que me fuera pero por otro ninguna tenía el valor de dejar a sus hijos solos y salir al mundo que ahora había fuera y lo necesitaban.

―Bueno al menos parece que hay muchos menos ahí fuera, ¿No?. Dijo mi tía con la cabeza gacha como para alentarme―.
―Si,  si yo voy tranquilo en serio, he venido desde Madrid, esto es pan comido―dije sonriendo y cegándome en mis castas por tener que asumir toda la responsabilidad―.
―Voy contigo―dijo mi hermana María para mi sorpresa―.

Mi hermana María era la que estaba peor de ánimo, aunque era muy graciosa, ella era la madre de Alejandro, el que mordió mi mano, algo que nunca conté por miedo a sus reacciones. Era su único hijo y su marido tampoco había vuelto desde hacía ya casi un mes y ni el mejor de los optimistas apostaba por que volviera. Total que estaba sola.

―Que dices Maria ¿estas loca?, ―le dije―, lo que me faltaba, no puedo ni cuidar totalmente  de mi ahí fuera como para estar preocupado por ti―todo el mundo callaba―.
―Oye que pasa tío, yo estoy en forma y se utilizar las armas que tenemos, puedo seguirte sin problemas.
―No se, María, tenemos que tenerlo todo muy bien pensado, y no contaba contigo.

Pau, mi otra hermana,  nos miraba con cara de “por favor no me dejéis sola”. Y yo miraba a María con cara de “si por favor acompáñame” aunque te diga que no mil veces.  

Yo confiaba realmente en ella, porque era atlética, siempre delgada, buen tipo y forma, me llevaba 10 años, con lo que tenía recién 42 y estaba perfectamente capacitada para subir por una cuerda o saltar una cancela, lo único que me preocupaba es que era bastante miedosa, pero quien sabe, lo mismo las circunstancias le habían hecho cambiar, yo mismo sin duda había cambiado, ella podría haber sufrido la misma transformación.

Esa noche, junto con mi hermana Pau, estuvimos largas horas hablando, planeando, poniéndonos en lo peor y en lo mejor, para así no paneros en peligro y dejar a Pau sola.

Saldríamos temprano, estaba decidido.