1/10/13

Capitulo 5. Hienas de la Sierra - Parte 1 -

Aún era de noche, no serían más de las 3 de la mañana cuando unos movimientos bruscos me despertaron. Nuria se removía dentro de su saco, atrapada, moviéndose tan groseramente que  acabó por caer al suelo.  Yo, atontado por el maravilloso sueño de pastillas y alcohol, me movía como un pato en una balsa de crudo, no daba un paso en firme, ni sobre el colchón ni sobre el propio suelo de terrazo.

Nuria, la pobre, con la mismita buena cara que la Duquesa de Alba recién levantada, se seguía revolcando en el suelo metida en la absurda trampa en la que se había convertido su saco. Abrí la puerta y baje todo lo rápido que mis pies me permitían, no era muy consciente de lo que me estaba pasando pero mi mente no pensaba con claridad. Fui directo a correr por las escaleras pero un arrebato de amor y amistad toco mi corazón por un segundo, así que volví atrás y de una forma talentosa y apresurada logre bajar un poco el cierre del saco de Nuria, para que pudiera escapar en pocos segundos.

Corrí como un demonio por la escalera, o mejor dicho, como si me persiguiera el demonio y cerré de un bofetón la puerta entreabierta que habíamos dejado, fui a mi cuarto directo, era el más profundo y sabía con certeza que Nuria no pararía de dar golpes en toda la noche.

Me desperté bien, un poco resacoso y con martilleante Nuria-zombi en la puerta dando por culo. El día no acompañaba, un típico Abril lluvioso de esta parte de España se hacía presente.

―Pobre Nuria―me lamentaba en voz alta.

No llegaba a entender porque ella sí y yo no. El virus no debió llegar a mi sangre o la sangre de Nuria que estaba en la boca de Alejandro rozo la mía y no estaba infectada aún. No podía encontrar otra explicación. La cosa era que yo estaba vivo, y me encontraba bien y Nuria estaba dando golpes en la puerta, desesperada por comerme.

Entre tanto pensamiento desayuné, ordené las provisiones,  comí, incluso dormí la siesta y seguía tan pancho, así que entre lamento y lamento por mi amiga, planeaba como irme de ahí, y pensando en lo que más me pesaba, estar completamente solo…

Al día siguiente amaneció nuevamente lloviendo, chispeando ligeramente, me encontraba perfecto, aunque pensé incluso en hacer una cuarentena antes de subir a la sierra a buscar a mi familia, pero no me quedaba ni muerto allí con la otra pesadita dando golpes en la puerta. Ya cuando era normal era pesada, pero lo de ahora ya era “the next”.

Baje en un santiamén mis cosas envueltas en hatillos hechos con sábanas, para cargarlo posteriormente con rapidez al 4x4, era poca distancia, así que con un gancho para colgar jamones y una cuerda logré bajarlo todo rápidamente. Mi madre siempre había querido poner rejas porque eran unos balcones muy bajos,  así que no fue un gran esfuerzo.

Una vez con todo listo  bajé a prisa por la cuerda y cerré la puerta, me quemé todas las manitas, nunca había pensado en que iba a ser tan difícil, y gracias a que no me caí, esto es lo que pasa por no criarte en EEUU y que te obliguen a subir las cuerdas esas que ponen los profesores de gimnasia.

Guarde las cosas ordenadamente y volví a abrir la puerta del portal, pegue un par de pitidos y mientras me alejaba vi  por el retrovisor como Nuria salía de la casa desesperada. Al menos estaba fuera, algo que ella quería, no quedarse encerrada ahí hasta la inanición-zombi.

Deje poco a poco atrás la ciudad mientras me adentraba cada vez más en la sierra, todo parecía muy tranquilo, como en el pueblo, pero eso duraría poco, poquísimo. A penas a unos 10 kilómetros, las hienas empezaban a aumentar exponencialmente a cada metro que recorría.

Muchas de ellas oían y/o veían mi coche pasar rápidamente y venían en mi busca y eso dando gracias a que la lluvia ahora era más fuerte y algunas bestias más lejanas no se daban ni cuenta de mi paso. Esto poco a poco empezó a convertirse en un problema ya que detrás mía llevaba arrastrando a prácticamente el porcentaje zombie que representaba a los más de 40.000 habitantes que no encontrábamos en el pueblo fantasma.

En 3 km tenia que entrar en el carril que llevaba a la casa de campo de mis primas, era el primer sitio donde seguramente podrían estar, porque era una casa segura, pero dudaba mucho si pararme ya que podía tener el problema de quedarme atrancado y sin salida de vuelta.

―Hay demasiados, no creo que en esta zona haya demasiado supervivientes―comenté en alto―. Si alguien ha sobrevivido aquí es por puta suerte.

Pasé de la entrada y seguí más adentro de la sierra, pensando, ¿seguía hasta Puertollano?, ¿volvía?. Tenía que volver, necesitaba corroborar y mirar si aún estaban ahí, pero tenía que hacerlo bajo unas condiciones de seguridad, tanto  para mí como para mi familia,. Seguí, pisándole más al acelerador y dejando un poco más de distancia con mis nuevos "fans".

En pocos kilómetros y sin darme cuenta empecé a entrar en la sierra profunda, donde los precipicios y valles en uve se hacían presentes y las curvas cerradas que rodeaban las montañas no me permitían ir tan deprisa, . Las hienas empezaban a desaparecer delante mía, seguramente porque ya estaba de lleno en la zona de barrancos, sin posibilidad de asentamiento humano en varios kilómetros alrededor, pero estaba realmente desesperado,¡¿que iba a hacer para parar a toda esa marabunta  que me perseguía?!

Empezó a llover mucho mucho más fuerte―perfecto era lo que me faltaba― y sin más, una bombilla se me encendió sobre la cabeza frenando en seco.

―Veamos si el truco del tejado también me sirve para estos hijos de puta ―dije en voz alta―.

Bajé rápidamente del coche con una de las cuerdas gruesa de la ferretería, en 5 segundos ya estaba totalmente empapado. Cerré el coche y la até sin vacilación a la estatua de un “peregrino” que sobresale sobre una cornisa natural ―realmente un roca granítica grande que sobresale sobre las demás a un gran precipicio― que daba a un barranco profundo, este monumento, con base de cemento, señalaba con el dedo hacia el Santuario de la Virgen de la Cabeza, patrona del lugar.

Me até fuertemente a la cuerda, pasándomela por todos los lados imaginables y me tiré, si, me tire en principio con miedo y cuidado intentando escalar montaña abajo pero resbalé bien pronto. Me tiré sin pensar que esa cuerda me podía estrangular mi ahora estrecha cintura, pero ahora mi vida me importaba más bien poco y las locuras solo empezaban a sucederse.

Una vez acostumbrado al dolor me di cuenta de la situación; ahí estaba, bajo la torrencial lluvia, colgado de la base de un peregrino de bronce con 40 metros de barranco bajos mis pies y a menos de 3 metros del peregrino, gritando enérgicamente para que las hienas vinieran a “intentar cazarme”.

La lluvia entonces se torno apoteósica, “it´s raining men”, ¡aleluya!, empezaron a caer como chinches, algunos se frenaban, instinto supongo, pero los de atrás les empujaban. Yo me sujetaba fuerte mientras algunos impactaban sobre en su caida. El ruido de los cuerpo contra el fondo del barranco era ensordecedor, miles de ellos estaban llenando el abismo que se abría bajo mis pies, era un espectáculo mundial.

Hubo un momento que gritaba por nerviosismo mezclado con emoción y eso los alentaba más, oleadas de ellos se precipitaban sin vacilación hasta que uno me golpeo fuertemente en la cabeza, lo que hizo retorcer bruscamente mi cuello.