Fue una noche larga, de esas que sabes que no has parado de retorcerte en la cama como una culebra. Desde que empezó este fin del mundo las pesadillas eran de lo más comunes, soñar que te mataban o comían era el pan nuestro de cada día. A veces creo que era bueno porque te levantabas en alerta y eso podía salvarte en algún momento la vida.
No sabía ni en que mes estábamos, ¿mayo?, pero hacia un día fabuloso. Estaba claro que era primavera, el campo estaba a reventar de colores diferentes. Con un café aguado y el pan tipo pita que preparaban, me asomé junto a María a la terraza superior con el huerto y ahí estaban, un par de amigos para darnos los buenos días.
Las películas habían hecho mucho daño en la población, estoy seguro que más de uno intento ensartar un cuchillo en la cabeza de alguien y acabó mordido, por aquello de que a los zombis solo se les mata destrozándoles el cerebro, pero esto no era ni remotamente factible, lo primero porque no teníamos espadas samuráis y lo segundo que los cráneos no eran tan fáciles de atravesar. Aún recuerdo a Nuria, que era una fiera sanguinaria cuando le daba el punto, intentado atravesar cabezas de cadáveres y otras cosas duras que encontrábamos por las tiendas que saqueábamos y nunca lo conseguía del todo. Era más fácil ir a la arteria o el cuello o simplemente intentar apuntar a uno de sus ojos con una trayectoria ascendente al cerebro. Quien me escuchara hablar así alucinaba, cada vez que explicaba esto se me quedaban mirando como, ¿tu donde te has criado?
No sabía ni en que mes estábamos, ¿mayo?, pero hacia un día fabuloso. Estaba claro que era primavera, el campo estaba a reventar de colores diferentes. Con un café aguado y el pan tipo pita que preparaban, me asomé junto a María a la terraza superior con el huerto y ahí estaban, un par de amigos para darnos los buenos días.
―Ya te estas haciendo pipí del miedo ―dije de broma a mi hermana susurrando―.
―Eres gilipollas nos van a oír.
Maria estaba claramente nerviosa, hoy tendría su primera prueba de fuego nada más salir, el plan era simple, mientras
yo iba a por uno, ella tenia que darle un palazo en la cabeza a otro y luego hincarle el cuchillo en la arteria del cuello. Teníamos armas pero no
podíamos hacer ruido o atraeríamos muchos más.Las películas habían hecho mucho daño en la población, estoy seguro que más de uno intento ensartar un cuchillo en la cabeza de alguien y acabó mordido, por aquello de que a los zombis solo se les mata destrozándoles el cerebro, pero esto no era ni remotamente factible, lo primero porque no teníamos espadas samuráis y lo segundo que los cráneos no eran tan fáciles de atravesar. Aún recuerdo a Nuria, que era una fiera sanguinaria cuando le daba el punto, intentado atravesar cabezas de cadáveres y otras cosas duras que encontrábamos por las tiendas que saqueábamos y nunca lo conseguía del todo. Era más fácil ir a la arteria o el cuello o simplemente intentar apuntar a uno de sus ojos con una trayectoria ascendente al cerebro. Quien me escuchara hablar así alucinaba, cada vez que explicaba esto se me quedaban mirando como, ¿tu donde te has criado?
Después de una larga despedida con sus lloros y nerviosismos, corrimos cuales ninjas fuera de la casa, mientras las demás miraban los toros desde la terraza, pero por muy ninjas que intentásemos ser nuestro olor a carne fresca nos delataba, en menos de dos segundos ambos dieron la vuelta y en cuanto nos tuvieron en su campo de visión se arrojaron como locos hacia nosotros. Yo con mi habitual palo de escoba y con un
martillo fui por el señor más corpulento, con gran suerte atiné a golpearle fuertemente la cara, hundiendole parte de esta, cayendo de plomo al suelo convulsionando levemente. A su vez, María se acercaba al otro, que se abalanzaba sobre
ella, hasta darse cuenta del fuego que llevaba en una de sus manos, yo a una distancia prudente la observaba para ir a prestarle ayuda en caso de "drama".
María llevaba el cuchillo en una mano y un buen palo de una pata de la cama en el
otro, encendido en forma de antorcha, que le hacía sentirse más segura. Yo no la veía muy resuelta la verdad, la hiena la rodeaba con cuidado, era la primera vez que los veía reaccionar al fuego, era impresionante. En el momento más tenso el convulso agarró mi bota, el "hijoputa" ya se había recompuesto del pedazo de golpe que le había propinado y con media mejilla colgando intentaba morderme la pierna, ahí empece una tanda de clavadas de palo y golpes de martillo que le dejó fuera de juego ipso facto, mientas miraba por el rabillo del ojo a mi hermana, cuya cara era un poema. En una de esas vueltas enfrentando a la hiena que la respetaba por el fuego, María aparto la
antorcha y casi lo alcanza con el cuchillo, entretanto el graderío de la terraza daba un respingón al ver como la hiena intentaba morderle la mano, pero ella reaccionó ágil dandole un antorchazo en la cara. El olor a pelo quemado de hiena llegaba
hasta mí y María volvió a intentarlo con más acierto y sobretodo más cabeza, distrayéndolo con la antorcha a su izquierda y rajándole la garganta con su derecha. No fue un corte limpio pero lo suficiente para que la hiena carraspeara soltando sangre a borbotones hasta hincar las rodillas en el suelo y finalmente quedar inmóvil.
María no parecía muy contenta, es más, parecía algo traumatizada, pero
se iba a tener que acostumbrar a matar de esta forma tan cruel, no nos quedaba otra.
Nos despedimos de nuestro público como gladiadores y deseándonos suerte
partimos campo a través con antorchas apagadas y lo más sigilosamente posible, pasando de terreno
en terreno privado, buscando cualquier coche que nos pudiera llevar al pueblo.
María y yo llevábamos sendas mochilas llenas de agua, algo de comida y azúcar para aguantar al menos dos días. Yo llevaba la escopeta de doble cañón por si nos veíamos desesperados y María llevaba una escopeta de balines, pero no de las de juguete, sino de las de caza menor, que también poseía de doble cañón, o sea, de dos disparos. Además ambos llevábamos varias antorchas atadas en las mochilas y varios mecheros en los bolsillos.
El día anterior decidimos ir profundizando en la sierra en vez de acercarnos a la carretera, no sabíamos si era buena idea pero la carretera era exponernos demasiado, además las verjas y mallas que rodeaban las casas nos daban la seguridad de que si nos seguían los retendrían un poco.
María y yo llevábamos sendas mochilas llenas de agua, algo de comida y azúcar para aguantar al menos dos días. Yo llevaba la escopeta de doble cañón por si nos veíamos desesperados y María llevaba una escopeta de balines, pero no de las de juguete, sino de las de caza menor, que también poseía de doble cañón, o sea, de dos disparos. Además ambos llevábamos varias antorchas atadas en las mochilas y varios mecheros en los bolsillos.
El día anterior decidimos ir profundizando en la sierra en vez de acercarnos a la carretera, no sabíamos si era buena idea pero la carretera era exponernos demasiado, además las verjas y mallas que rodeaban las casas nos daban la seguridad de que si nos seguían los retendrían un poco.
Después de horas y horas de una lenta y silenciosa caminata que se torno desesperanzadora,
tuvimos por fin nuestro premio, un premio demasiado fácil y sencillo. Delante de nosotros había un coche
nuevecito, en una parcela con una casa bastante grande.
―Esta es la casa de los Villarroel.
Exclamó mi hermana
―¿Tu sabías donde veníamos?
―Intuía que podíamos encontrar esta casa,
pero hacía tanto que no andaba por aquí que no podía asegurarlo.
Era perfecta, los Villarroel era una matrimonio de ancianitos que no
tenían descendencia. El chofer y la limpiadora de toda la vida serían los
descendiente o al menos eso era lo que se decía en el pueblo, aunque tenían una
familia lejana, de Cáceres, que en verano hacía las veces de mostrar interés por
los simpáticos ancianos y bajaban al sur a pelotearles lo máximo posible para no
quedarse sin su parte del pastel.
En la gran finca que tenían no se movía una mosca, preferimos no saber
que había dentro de esa casa pero no parecía que ninguno hubiera sobrevivido,
con su edad era poco probable.
―En estos momentos es cuando más me
acuerdo de Papá y Mamá―soltó de golpe María―.
―Ya, yo prefiero ni pensarlo. Venga no te
distraigas, vamos.
El coche estaba completo, era un buen coche, un todo-caminos, y de los
caros.
―No están las llaves, pero esta abierto.
―Mira bien dentro del coche María, enciérrate en él para buscar, yo voy a mirar en
la cochera.
Era una cochera antigua, de esas abiertas por ambos lados, solo para resguardar el coche del sol en verano, había una puerta que conectaba la cochera a la cocina la cual estaba semi-abierta. Miré
ligeramente dentro, me fijé en cada detalle y por fin vi las llaves, estaban cerca, en un colgador de loza antigua sobre la encimera al otro lado de la cocina, colgadas con otro montón de llaves y trapos de cocina que casi las ocultaban.
Caminé hacia dentro, lentamente, sin hacer ruido con palo y martillo en mano. La cocina estaba revuelta, no quedaba ni una pizca de sal, todo había "volado". Cogí las llaves con cuidado, esperando que fueran las correctas, cuando ya iba de vuelta eché un vistazo para ver si podía ver un poco del salón. Existía una pesadumbre en el ambiente, algo muy desagradable se intuía en la casa y quería descubrirlo. Seguí despacio pensando que si había alguna hiena ya me debería haber olido, ya fuera de la cocina la madera antigua del piso crujía a cada paso y me ponía los pelos más de punta, estaba más tenso que un filete de 20 duros. ¿Porque hacía esto? ―me preguntaba―, es lo típico que ahora me sale uno y ¡zasca!, pa´el hoyo.
Caminé hacia dentro, lentamente, sin hacer ruido con palo y martillo en mano. La cocina estaba revuelta, no quedaba ni una pizca de sal, todo había "volado". Cogí las llaves con cuidado, esperando que fueran las correctas, cuando ya iba de vuelta eché un vistazo para ver si podía ver un poco del salón. Existía una pesadumbre en el ambiente, algo muy desagradable se intuía en la casa y quería descubrirlo. Seguí despacio pensando que si había alguna hiena ya me debería haber olido, ya fuera de la cocina la madera antigua del piso crujía a cada paso y me ponía los pelos más de punta, estaba más tenso que un filete de 20 duros. ¿Porque hacía esto? ―me preguntaba―, es lo típico que ahora me sale uno y ¡zasca!, pa´el hoyo.
―¿Que pasa?
―Ostia puta, María, que susto, sal de aquí ―dije bajito con el corazón en la boca señalándole la puerta―.
―Si hombre, yo no me quedo ahí fuera sola
ni loca―dijo ella susurrando―.
―Sigue mis pasos hacía el salón, plasta.
Entre la cocina y el salón un pasillo con suelo de madera bien iluminado separaba ambas puertas, el salón
tenía una luz proveniente de una cristalera gigante que daba al jardín trasero, conforme fuimos pasando el pasillo y viendo la vidriera, junto a ella, se veía una calva apoyada en el cabezal de un sillón de piel bastante
antiguo, a sus pies el cuerpo de la señora Villarroel, de la cual solo veíamos parte del tronco y piernas, yaciendo envuelta en un espantoso olor que llegaba hasta nosotros.
―Vamos, María ya tengo las llaves, vámonos.
―¿Son zombís?
―Si claro, y le está haciendo una mamada. ¿pues no ves que están muertos?
―Hijo yo que sé, tu los ves mejor. ¿Pero murieron del virus?
―Si claro, y le está haciendo una mamada. ¿pues no ves que están muertos?
―Hijo yo que sé, tu los ves mejor. ¿Pero murieron del virus?
―No, creo que se han suicidado o los han matado.
―¿Que los han matado? ¿de donde sacas eso?
―Lo primero ¿porque esta la puerta abierta? ¿y porque esta todo revuelto?. Mira el sillón bien.
―Que fuerte―dijo María al ver los disparos que venían de delante del cuerpo y habían salido por detrás del sillón―.
―O él se ha trasformado, ella lo ha matado y luego suicidado o les han matado. Sea lo que sea no me voy a acercar a mirarlo y la casa o la han saqueado los asesinos o han entrado luego.
―O él se ha trasformado, ella lo ha matado y luego suicidado o les han matado. Sea lo que sea no me voy a acercar a mirarlo y la casa o la han saqueado los asesinos o han entrado luego.
―¿Y porque no se han llevado el coche y
las llaves?
―Pues no se pero no vamos a averiguarlo, vámonos.
Casi saliendo, mientras revisábamos la cocina para ver si habían olvidado algo de comer, oímos un coche que adentraba en la parcela.
―Mierda María, corre, ven, corre.
Subimos las escaleras deprisa mientras escuchábamos como cerraban las
puertas del coche.
―No te muevas de aquí si ves algo pita suavemente―oímos
escondidos en el baño de la habitación principal―.
Abajo uno de ellos entró bruscamente, abría y cerraba cajones desesperado, revolvía media casa hasta que paró. Entró de nuevo pero ahora eran dos
Abajo uno de ellos entró bruscamente, abría y cerraba cajones desesperado, revolvía media casa hasta que paró. Entró de nuevo pero ahora eran dos
―Vamos ayúdame a buscar las llaves, tienen que ser negras, llaves de coche, busca por
la cocina hijo, no salgas de aquí, hay que estar atento por si vienen bichos.
María me miró con cara de terror, adivinando mi pensamiento; yo tenía
las llaves y no se irían hasta encontrarlas, o
lo que es lo mismo, encontrarnos.
―Papá por aquí no están.
―Shh, más bajo hijo, maldita sea así no sobrevivirás solo nunca.
El niño se oía revolviendo todos los cubiertos y cazuelas de la
cocina, el padre como una bestia movía el salón y el comedor entero.
Una luz se encendió en mi cabeza, eran ellos, los que me habían dejado en el suelo sin
importarle si iba a morir o no.
―¿Voy arriba Papa?
―No hijo quédate ahí vigilando fuera.
Salió con el hijo y le dio instrucciones de nuevo. Me asomé por la ventana, el niño quedó solo mirando alrededor cargado con
una escopeta, desafiante.
El hombre entró en una habitación contigua a la nuestra, estaba apunto de descubrirnos.
―Apunta al niño.
―¿Qué?, Noel no pienso matar a un ni..
―Sshh, María apuntale, hazme caso, esos
son los dos que me dejaron morir en el peregrino y seguramente él haya matado a
estos también.
El hombre se puso a revolver la habitación violentamente.
―Que pasa hijo de puta―dije abriendo la
puerta del baño apuntandole―.
―¡Tu!―fue veloz a por la escopeta que
había dejado apoyada sobre la cama―.
―Sshhh tranquilito, eh―le dije mientras andaba
hacia mi―. ¿Ves mi hermana?, cazaba con mi padre desde pequeña y esta apuntando a
tu hijo directamente abajo. No es un tiro muy difícil. Un movimiento y pum...al suelo.
―¿Que quieres?
―Nada, no soy como tu, carroña. Solo
quiero ese coche para irme y sobrevivir dignamente, no como vosotros hacéis―le
dije mientras me acercaba y recogía su escopeta―.
―Pues venga, cógelo y vete, ¿a que esperas?
― Te crees que soy tonto ¿o qué?. Eres una
avaricioso, mira lo que le has hecho a esos pobre viejos.
―Yo no fui, de todas formas no tenían ninguna oportunidad en este mundo.
―¿Y tu quién eres para decidir eso? Entra en el armario y estate calladito, ya nadie te creé, seguro que los matastes y ahora vienes a terminar la faena con tu hijo.
―No se te ocurra hacerle nada al niño o
te perseguiré hasta que el fin del mundo.
―Tranquilo, si no te hago a ti nada menos voy a hacerle a tu hijo, nosotros aún tenemos algo de humanidad. Entra ya cojones.
Entró en el armario cerrando un poco la puerta, fui y eché la llave echando todo mi peso sobre la puerta por si intentaba abrirla.
―Cuando arranque mi coche le daré la llave
a tu hijo. Vamos María.
―Más te vale.
―No seas tan chulo que pego dos tiros al armario y me llevo a tu hijo, al menos el pobre tendrá una infacia lejos de un loco como tú.
―Más te vale.
―No seas tan chulo que pego dos tiros al armario y me llevo a tu hijo, al menos el pobre tendrá una infacia lejos de un loco como tú.
―¿Manuel?, Manuel soy María, la madre de
Alejandro.
Me volví hacia atrás sorprendido cuando oí a mi hermana hablar con el
hombre tras la puerta.
―María, ¿que haces con este?
―Yo conozco a Manuel, su hijo Lolo es amigo de
Alejandro ―dijo María al verme con la boca medio abierta―.
―María sacame de aquí―dijo el hombre―.
―Es mi hermano, al que dejaste morir en la cuneta por lo que no puedo fiarme de ti. Solo queremos el coche para poder tener una oportunidad, como todos. A tu
hijo no le pasará nada, te lo prometo.
―Esta bien iros ya.
Bajamos tranquilamente la escalera. María salió primero con su
escopeta.
―Lolo―grito María―. Lolo soy María la
madre de Alejandro ―dijo saliendo despacio por la puerta de la cocina―.
―¿María?
―Voy a salir con mi hermano, el tío de
Alejandro, deja el arma en el suelo no queremos asustarte y que pase algo peor.
―Pero no entiendo,¿ y mi Padre?
―Arriba―dijo María aventurándose a salir
con el niño aún sosteniendo su arma.
―Tu padre tenía un arma Lolo, no queríamos
que nos lastimara y lo dejamos encerrado arriba.
―Pero no lastima a nadie solo a los infectados.
―Lolo, ¿me recuerdas?―dije saliendo de la
oscuridad del garaje―. Tu padre me dejó allá afuera, y me robasteis todas mis
provisiones.
―Pero tu estabas mordido, ibas a
transformarte.
―No yo no fui mordido―María se volvía
mirando el vendaje de mi mano―. Sino como iba a durar tantos días normal.
―Pero el te vio la herida, tenia forma de mordida, dijo.
―Niño, te estoy diciendo que no, que de
eso hace dos semanas al menos y sigo siendo un hombre normal, ¿es que no lo ves?, tu padre se equivocó. Baja el arma que queremos solo el coche, tu padre esta bien, encerrado en el
armario del piso de arriba, sube por tu padre con esta llave y os vais a casa.
―Si Lolo, venga queremos irnos y tu padre
estará preocupado arriba esperando que le abras, deja el arma en el suelo y
ven.
El niño obedeció, conocía a María desde pequeño.
―María, ¿podría ir a donde vivís a ver
algún día a Alejandro?
María negó con la cabeza resistiéndose a llorar.
―No hijo, no puedes.
―Juro que iré solo, se conducir bien mi
padre me enseñó.
―No hijo, Alejandro ya no es uno de
nosotros―dijo tocando el pelo del muchacho mientras pasaba por ella.
El niño abrazó a María y fue hacia arriba con la llave. Los dos
montamos en el coche y fuimos deprisa hacia dirección al pueblo.
―Tu estimaras mucho a ese niño y su padre,
pero son dos pedazos de hijos de puta.
―Todos tienen que luchar de alguna manera
contra lo que sucede ¿no?
―Si, pero no asesinando personas sanas.
―Bueno tu no sabes si ellos mataron a
los..
―Mira María no me jodas, ese tío es un
fiera, sino mira como entraba buscando como un loco desesperado. ¿es que vas a
defender al que casi me deja morir?
―Déjame ver tu mano―dijo sin previo aviso―.
―¿Para qué?, ya te dije que bajo esa venda
hay una herida de un vidrio de una tienda, es un tajo profundo.
―¡Ay Dios mío!, ¡tío, te han mordido!
―¡Que no,plasta!
―Entonces ¿por qué no me lo enseñas?
María empezó a forcejear con mi mano mientras conducía, paré en seco y
le quite la mano bruscamente.
―María, sí, fui mordido, ¡Ya esta, mira!.
―Pero, no lo entiendo, ¿cuándo?, ¿porque
no eres uno de ellos aún?.
―No lo sé, ya te dije, mordieron a mi
amiga Nuria y luego saltó a mi.
―Pero ella si se trasformo, ¿No?
―Si, no sé, tengo la teoría de que la
sangre de Nuria estaba en su boca, supongo que su sangre limpia toco la mía y evitó
la infección. Tuve suerte, no puedo dar otra explicación.
―Alejandro se transformo en 6h, más o menos―dijo
con voz temblorosa―.
―Lo siento María, yo no experimenté
ninguna reacción, no entendemos bien el virus, a lo mejor hay connotaciones que se nos escapan.
―Pero es extraño.
―No sé, sigamos, “porfa”, ese hombre tiene
que estar a punto de alcanzarnos si nos sigue y me distraes.
El resto del camino fue fácil aunque ajetreado, esta vez la
manada de hienas era menor, ya me había cargado unos cientos cuando subí la
primera vez, ahora me perseguían camino al pueblo e íbamos tan deprisa que
algunos chocaban contra nuestro cristal, fracturándolo levemente y haciéndonos
en más de tres ocasiones casi perder el control del vehículo.
A lo lejos veíamos como se iban sumando a la manda más y más que iban saliendo del campo, de casas, de terrenos aledaños y que supongo la primera vez con el ruido de aquella tarde lluviosa no escucharon claramente, o eran nuevos inquilinos silvestres, quien sabe, pero conforme iba viendo lo que se amotinaba detrás, más miedo me daba nuestro regreso.
A lo lejos veíamos como se iban sumando a la manda más y más que iban saliendo del campo, de casas, de terrenos aledaños y que supongo la primera vez con el ruido de aquella tarde lluviosa no escucharon claramente, o eran nuevos inquilinos silvestres, quien sabe, pero conforme iba viendo lo que se amotinaba detrás, más miedo me daba nuestro regreso.
―¿Tienes que conducir tan deprisa, Noel?.
―¿qué quieres quedarte a charlas con ellos sobre casquería y comida
rápida?
―Es que me llevas acojona´, tío.
―Es que necesitamos hacer distancia con ellos para que no nos sigan
hasta casa, lista. Seguramente tengamos que pasar allí la noche, sino a la
vuelta al campo vamos a encontrar este tapón que estamos formando aquí detrás.
María se quedó algo conforme con la explicación pero la veía algo
intranquila, más intranquila que por estar rodeada de zombis lo estaba por Alejandro. Ella sabía que pasar la noche en casa implicaba tener a su
hijo-zombi sobre su cabeza, pudriéndose en un cuarto donde aún sin darme
explicaciones sobre el suceso, había encerrado.
―¿Estas bien? ―le pregunté nada más entrar
en casa.
―Si, ¿por?. Que barbaridad Noel, que de
cosas tenéis aquí. Esta la casa llena de...¡de todo!.
―Si, ya te dije, Nuria y yo estuvimos días
sin descanso, casi todas la hienas estaban allí con vosotros, tuvimos tranquilidad
de sobra para saquear abundante e inteligentemente.
Empezamos a bajar cosas y llenar el coche completamente, para ganar
tiempo por si a la mañana nos encontrábamos el pueblo nuevamente “poblado”. En un santiamén y con la seguridad de tener el coche taponando la puerta de entrada
al edificio, llenamos hasta el ultimo milímetro de este, tanto con comida como
con artículos básicos como medicinas,gas, pastillas potabilizadoras cortesía de la tienda de caza y
supervivencia, semillas que mi querida e inteligente Nuria había robado de una floristería
cercana a casa y un largo etc.
―Ahora nos queda la basura, hay que restregar el coche y ya podemos
subir y descansar.
María me miró con cara de angustia, mientras bajaba cosas la observaba
mirando por el ojo-patio, en parte desconfiada y
por otra parte curiosa pero siempre con una cara de amarga tristeza.
―¿Quieres que nos vayamos?, aun hay un poco de luz―dije sorprendiéndome a mi mismo por pasar por alto de aquella manera mis planes―.
―¿Será seguro? Cientos de ellos iban ya de bajada.
―No sé, tal y como corren deben de estar ya llegando al pueblo. Podemos ir a mirar desde la autopista, hay suficiente distancia a la otra carretera y se ve bien el panorama desde ahí. Además no es tan mala idea, no contábamos con tantos, mañana será más difícil subir.
―Yo preferiría volver, aquí no me siento ni a gusto , ni segura, ni cómoda.
―Ya, lo imagino, yo tampoco―dije mirándola apenado―.
―¿Será seguro? Cientos de ellos iban ya de bajada.
―No sé, tal y como corren deben de estar ya llegando al pueblo. Podemos ir a mirar desde la autopista, hay suficiente distancia a la otra carretera y se ve bien el panorama desde ahí. Además no es tan mala idea, no contábamos con tantos, mañana será más difícil subir.
―Yo preferiría volver, aquí no me siento ni a gusto , ni segura, ni cómoda.
―Ya, lo imagino, yo tampoco―dije mirándola apenado―.
María cogió una marco de plata que tenía mi madre con el retrato de su hijo cuando era pequeño y fuimos para el coche.
A lo lejos se veían parecer los primeros cuerpos corriendo hacia
nosotros como si no hubiera un mañana.
―Corre, corre―le grite desesperado―.