8/7/14

Capitulo 5. Hienas de la Sierra - Parte 3 -

―Holaaaa, soy Noel ¿Holaaaa?, ¿hay alguien? ―dije gritando repetidas veces, desesperado, pensando en que las hienas me oirían primero―.

Ande hacía atrás para tener una vista general y la casa estaba cerrada a cal y canto, podía haber alguien, y miré una reja por donde trepar para ponerme a salvo,  estaba haciendo mucho ruido y no tardarían en venir.

Un minuto después se abre la puerta trasera, donde aparecieron dos de mis hermanas corriendo hacia mí.
―¡¡Noel, Noel, ven corre!!

Fui los más rápido que pude y nos abrazamos llorando, casi me caigo sin fuerzas entre sus brazos mientras me besaban y apretaban más fuerte.

―Vamos adentro, corre―me empujaron cerrando la puerta tras de mi―.

Todo el mundo me abrazaba dentro, estaban dos de mis primas, su madre, mis dos hermanas y 5 niños,  en total 10 personas sobreviviendo en aquella gran casa, pero lo extraño es que no se veía ni un solo hombre.

―¿Dónde están vuestros maridos?
―Siéntate, ¡estas muy flaco!―dijo una de mis primas con cara de querer cambiar de tema―.

Mientras me comía una sopa bien insulsa, de esas que antes hubiéramos denominado aguichi, pero que ahora me sabía a gloria, me explicaron parte de la historia que les había tocado vivir hasta esos días.

La forma en la que escaparon de sus casas pocos días después de la propagación “heavy” del virus era un tanto rocambolesca, yo tenía la cabeza un poco loca con todas hablándome y al parecer utilizaron fuego para salir entre la cantidad de zombis que había por aquella época en el pueblo, quemando trapos y  palos, tirando cosas prendidas a lo largo de la calle, pero todas hablaban a la vez haciéndome prácticamente un Sálvame de Zombiluxe . En total, lo que pude entender es que llegaron y que en el transcurso de su historia había demasiados fallos, los que les provocó dejar atrás a muchos de los nuestros. 

Uno de mis cuñados, que trabajaba en el hospital, fue el primero en caer, cuando aún no se sabía nada del virus y la gente se agolpaba en urgencias con mordeduras e incluso amputaciones. Típico de película de ciencia ficción, por supuesto los sistemas sanitarios cayeron primero. El resto de hombres que quedaron habían continuado sus bajas sucesivamente, sobretodo en una campaña de recolecta de alimentos en mi pueblo y aldeas aledañas a la zona de campo para poder abastecer la casa y no salir de ahí hasta que no hubiera más remedio.

―Noel, cada semana venía uno menos. Tenían que luchar contra los infectados y contra los no infectados por conseguir víveres, peor que una guerra―decía una de mis primas―.

En sus idas y venidas habían conseguido proveer la casa con muchas cosas, estaban “bien” al menos por un mes, según me contaban, pero eran demasiadas personas y las provisiones bajaban rápido.

―Un día no volvieron, ya habíamos perdido a Juan y Victor en otras salidas, pero un día ya no volvió ninguno y de eso hace más de 20 días.

Todas lloraban disimuladamente, el dolor lo escupían hacia dentro, para no mostrarse vulnerables delante de los niños, los cuales y sin atreverme a preguntar, tampoco estaban todos, el primero que echaba en falta era mi sobrino, el mayor, pero ya había sentido en mis carnes a que se debía su ausencia.

―Tanto ir y venir con los coches provocó que al final una oleada de zombis se dirigiera hacia el campo, ellos seguían a los coches, aunque los perdieran de vista, ellos continuaban en nuestra dirección, es como si nos oliesen y hasta hace un día teníamos un centenar, sino más, deambulando alrededor de la casa.

―Si, creo que fui yo el que consiguió que os dejaran tranquilas un tiempo.
―¿Y eso?,¿que hiciste?­―pregunto una de mis primas.
―Es una larga historia, muy larga...

Dormí toda la tarde con un buen paracetamol en el cuerpo para ayudarle a bajar la fiebre que me tenía aturrullada la cabeza junto con las historias de todas hablándome a la vez. Por primera vez en semanas descansé tranquilo, seguro, con la seguridad de estar en un sitio conocido rodeado de gente que me protegía. ,  Me despertaron para cenar, pasta casi blanca con un toquecito de tomate y atún, una cena de lujo por mi vuelta. El resto de la noche estuvimos hablando de mi historia, de la epidemia, la familia, los niños, etc., fue muy reconfortante y parecido a un fin de semana normal con la familia en el campo, aunque rodeados de candiles improvisados y ausencias, que se palpaban a cada segundo.

A la mañana siguiente y en días sucesivos me empecé a percatar del modo de vida que llevaban. La casa tenia un patio interior al aire, muy típico de las casas andaluzas, ahí mismo se las habían apañado fabulosamente  montando una pequeña cocina con la original, sacada de la propia cocina y adaptada al fuego. Estaban todo muy bien pensado, incluso hacían su propio pan, pegando la masa de pan en la olla y calentándola lentamente cerca del fuego por horas, era un pan "pa´ perros" pero al menos se podía reconocer un sabor familiar. El agua la recogían con una gran lona, suerte que fueron meses de buena lluvia, y aunque tenían garrafas suficientes, usaban la de la lluvia cotidianamente, hirviéndola para esterilizarla y usarla para aseo y comida. 

A veces podía resultar un poco negativo pero las veía muy airosamente usando el agua que tenían acumulada en un sin fin de partes de la casa, pero ese chollo  se acabaría pronto. Esa zona era de sequía y llegaba la época en que las lluvias cesarían por meses y meses, y eso se convertiría en un gran problema.

―Tenéis que ahorrar más agua―dije a una de ellas que pasaba por ahí―.
―Pero si casi no gastamos.
―Pensar, que si no lloviera más hasta otoño, siendo optimistas, estarías sobreviviendo con lo que tenéis 6-7 meses.
―Siempre hay tormentas de verano, además el tiempo ha cambiado, ¿no lo notas?
―Si, lo comentábamos yo y mi amiga Nuria, el aire está como más puro, menos pesado. Pero quien sabe como serán ahora los veranos e inviernos, hay que conseguir más, sobretodo potable.
―Hombre, nunca está de más.
―¿Y como os habéis apañado para conseguir leña y cosas de fuera?
―Pues con el fuego―respondió extrañada―.
―¿Con el fuego?
―Si Noel, esos "monstruos" huyen del fuego, no les gusta nada, ya te lo comentamos antes  ¿no lo sabes?
―No sé, pero como decís que aquí fuera ¡había cientos!, no sé.
―Si, ellos van a intentar en todo momento alcanzarte y darte el "ñasco", pero el fuego los frena en seco, así que…―mi prima se acerco con dos antorchas de lo más rudimentario, con tela y aceite­―, así salimos, haciendo un circulo entre nosotras y dos en medio con el carro, hasta la leñera de atrás y con la carretilla arramblábamos todo lo que podíamos, la otra mientra una cargaba iba tirando hacia la puerta leños, por eso había ese desorden  de fuera. Menudos "leñazos" le pegábamos a los zombis. Así teníamos los palos más cerca para recogerlos antes de entrar y recoger los máximos posibles. Una vez cas...
―Eso puede dar mucho juego, claro, como no lo había pensado antes, ¡el maldito fuego!, que estúpido, ¡si son como animales!
―Si pero todo tien un límite, por ejemplo ahora que había cientos era imposible salir así con cuatro antorchitas, ni lo intentábamos, porque se acercan mucho y dan zarpazos al aire y a veces hasta golpean, por lo que hemos estado quemando cosas para sobrevivir este último tiempo. Ahora tenemos una cama de madera menos, cuatro puertas de de armarios  y  prácticamente todas las sillas de las habitaciones.
―Ya, ya. Vamos que el que tenga un lanzallamas tiene que ser el "puto amo" ahora mismo.
―Pues si, quien tuviera un par pa quemar a los "hijosputa" estos.
―¿Y donde venden lanzallamas? Porque yo he estado en la ferretería grande del pueblo y no he visto algo parecido. Eso tiene que ser difícil de encontrar.
―Si, aunque yo había pensado que para quemar los rastrojos de la poda de los olivos lo mismo tenían algo parecido.
―Bueno, lo dudo, eso con un poquito de gasolina arde volado. Además, ¿no estaba ya prohibido quemarlos?
―Si, pero tu sabes, la gente de campo se la suda todo eso y los quemaban.
―Bueno, no creo yo que existan lanzallamas en este pueblo, ni en todo Andalucía, tendremos que conformarnos con las antorchas hasta que se nos ocurra algo.

La segunda noche casi no pude pegar ojo, la cantidad de posibilidades que habría el fuego eran infinitas, pero todo necesitaba una producción faraónica. Tampoco podía dormir porque me sentía responsable de todas esas vidas y según los recuentos de comida que hice por encima no les duraría más allá de 15 días, no un mes como me contaron y encima ahora tenían otra boca que alimentar. Solo podía pensar en llegar a la casa del pueblo, recoger todo lo recolectado y darles una nueva oportunidad de seguir sobreviviendo otro tiempo sin problemas, pero aún así seguían siendo recursos insuficientes para mantenerlos meses. Tenía que pensar, tenía que hacerlas fuertes, ese rollo  "mujercitas" esperando los maridos y haciendo pan las iba a sepultar en esa casa y yo no me iba a quedar viéndolas, ya sentía la necesidad de bajar a buscar al resto de mi familia a Cádiz y necesitaba dejar a  todas estas con la seguridad de que sobrevivirían en mi ausencia.

Después de 10 días, mi recuperación era tangible, aunque mi delgadez siguiera siendo extrema, y mi única preocupación, como la de ellas, era ver la cantidad de comida que nos iba quedando. 

En esos días tuve oportunidad de ver como este grupo de persona, que era parte  mi familia, se había acostumbrado a vivir y sobrevivir en condiciones que ninguno de nosotros había experimentado en su vida y esto me hacía pensar en como otras personas se lo habrían "montado" alrededor del mundo y sobretodo como podríamos mejorar nuestra calidad de vida, y sobre todo la de los niños.

Las puertas y ventanas estaban prácticamente tapiadas, con alguna que otra rendija para que pasara la luz. Habían hecho masilla con unas bolsas de yeso que tenían de una obra en la piscina y unos ladrillos, este no era "super-estable" pero al menos no estaban descubiertas ante una simple ventana de cristal, aunque ya estaban suficientemente protegidas con las rejas de las ventas, muy habituales en las casa de campo para evitar robos cuando están vacías, pero decidieron tapiarlas por varias razones; la primera para que los niños no vieran a los que estaban fuera, lo segundo para insonorizar un poco las habitaciones del jaleo dantesco exterior y la tercera por esconderse de ellos y que se fueran a buscar a otro lugar comida fresca, lo que ellas no sabían es que su olor en puertas, ventanas, etc las delataba.

En la  terraza superior, la cual antes no se subía o utilizaba para nada, y donde el sol daba más horas, habían improvisado un tremendo huerto, el cual ya empezaba a florecer poco a poco, sobretodo habían plantado tomates que trajeron la primera vez, pero había también plantas aromáticas que mi tía tenía para plantar algún día guardadas en un cajón. Si consiguiera semillas variadas para ellas, estas darían comida y sería casi perfecto, pero solo podrían comer cosas de temporada y había que pensar muy bien que plantar, y como antiguamente, se podían hacer conservas y compotas.

Mi tía, desperdigado por el terreno, tenía algunos árboles frutales muy antiguos, entre ellos que yo recordara tenía un laurel, un membrillo, dos perales, dos limoneros y varios naranjos pero de naranja amarga y sobretodo muchos olivos, como era típico en el lugar. También, pero ya  naturalmente en el entorno había almendros, castaños, moreras y muchas encinas, cuyas bellotas ahora ya no servirían solo para los cerdos y en los riachuelos cercanos había zarzas cuyas moras comíamos de pequeños siempre en verano. El problema era salir para recolectarlos.

Las noches eran más oscuras de lo que eran ya los días con tanto "blindaje", la luz que entraba a la casa era exclusiva del patio interior y cuando se echaba la noche se las apañaban poniendo mechas hechas con muchos hilos, las cuales unieron con cera de las ultimas velas, estas las ensartaban a un cartón y las ponían dentro de vasos con aceite de oliva ya usado, durando muchísimo, aunque claro su uso estaba bien limitado por lo que en cuanto oscurecía era hora de cenar y acostarse, la vida nocturna prácticamente había terminado.

La ropa se lavaba poco o nada, solamente la interior, camisetas muy usadas y cosas por el estilo. Tenía un barreño lleno de muy poco jabón y agua y ahí se pasaban horas a remojo y restregando, después lo pasaban a otro con agua limpia la cual no tiraban instantáneamente y usaban para limpiar cosas de menor importancia. La ropa quedaba acartonada porque seguía con restos de jabón pero al menos olía bien.

El tema de la menstruación era mucho peor, no tenían ya nada para ponerse, según me contaban simplemente se ponían trozos de tela que luego enjuagaban y dejaban secar para reutilizar, era lo que peor llevaban, por lo que supe, estaban todas deseandito de tener la menopausia.

Después de esos días días observando y viendo su modo de vida, decidí que ya era hora de moverse y que teníamos que reaccionar lo antes posible si queríamos seguir comiendo.

―Me voy mañana por la mañana, intentaré conseguir un coche y bajar al pueblo a por las cosas que tengo en la casa, eso nos solucionará un par de meses, si es que sigue todo allí, además hay muchas cosas que podéis necesitar―dije de sopetón a la hora de la comida―.

Todas callaron. Yo sabía que por un lado les daba miedo que me fuera pero por otro ninguna tenía el valor de dejar a sus hijos solos y salir al mundo que ahora había fuera y lo necesitaban.

―Bueno al menos parece que hay muchos menos ahí fuera, ¿No?. Dijo mi tía con la cabeza gacha como para alentarme―.
―Si,  si yo voy tranquilo en serio, he venido desde Madrid, esto es pan comido―dije sonriendo y cegándome en mis castas por tener que asumir toda la responsabilidad―.
―Voy contigo―dijo mi hermana María para mi sorpresa―.

Mi hermana María era la que estaba peor de ánimo, aunque era muy graciosa, ella era la madre de Alejandro, el que mordió mi mano, algo que nunca conté por miedo a sus reacciones. Era su único hijo y su marido tampoco había vuelto desde hacía ya casi un mes y ni el mejor de los optimistas apostaba por que volviera. Total que estaba sola.

―Que dices Maria ¿estas loca?, ―le dije―, lo que me faltaba, no puedo ni cuidar totalmente  de mi ahí fuera como para estar preocupado por ti―todo el mundo callaba―.
―Oye que pasa tío, yo estoy en forma y se utilizar las armas que tenemos, puedo seguirte sin problemas.
―No se, María, tenemos que tenerlo todo muy bien pensado, y no contaba contigo.

Pau, mi otra hermana,  nos miraba con cara de “por favor no me dejéis sola”. Y yo miraba a María con cara de “si por favor acompáñame” aunque te diga que no mil veces.  

Yo confiaba realmente en ella, porque era atlética, siempre delgada, buen tipo y forma, me llevaba 10 años, con lo que tenía recién 42 y estaba perfectamente capacitada para subir por una cuerda o saltar una cancela, lo único que me preocupaba es que era bastante miedosa, pero quien sabe, lo mismo las circunstancias le habían hecho cambiar, yo mismo sin duda había cambiado, ella podría haber sufrido la misma transformación.

Esa noche, junto con mi hermana Pau, estuvimos largas horas hablando, planeando, poniéndonos en lo peor y en lo mejor, para así no paneros en peligro y dejar a Pau sola.

Saldríamos temprano, estaba decidido.

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