22/6/14

Capitulo 5. Hienas de la Sierra - Parte 2 -

Desperté temblando de frío, suspendido en la cuerda por el golpe del puto zombi me había retorcido el cuello. El dolor cervical y de espalda era insoportable, el hombro me molestaba un poco, no sé si fruto de las horas que llevaba colgado o  de los golpes que tuve que recibir de los cuerpos cayendo sobre mi durante mi inconsciencia. 

No estaba totalmente colgando boca abajo pero era lo suficiente para que mi cabeza pareciera que iba a explotar del bombeo continuo de sangre. No sabía cuantas horas llevaba inconsciente, la lluvia era más suave pero seguía malditamente lloviendo, torpemente intentaba engancharme a la cuerda y hacer fuerza para incorporarme pero mis brazos no llegaban. Seguí intentándolo incansablemente pero mi cuello y la lluvia no ayudaban mucho. Me quité la camisa vaquera y la tiré rodeando la cuerda, en 4 intentos la cogí por el otro extremo y tiré para incorporarme finalmente.

Con un suspiro de haber ganado una pequeña batalla, me abracé a la cuerda saludando a 5 imbéciles que aún quedaban arriba,  la estrechez del saliente donde se apoyaba la estatua no daba para mucho más, así que debieron ser los últimos que llegaron tarde a asomarse.

A parte de las 5 hienas que se movían sin descanso 3 metros por encima de mi cabeza también tenía que luchar con otro problema mayor; mis piernas no respondían, estaban dormidas por la falta de circulación producida por la cuerda y el intenso frío que recorría mi cuerpo.

Por fin me decidí a mirar hacia abajo, eso parecía el video de “All the lovers” de Kylie Minogue pero con modelos de bajo presupuesto, era realmente increíble, y muchos de esos cabrones seguían moviéndose en el amasijo de cuerpos que habían formado.

Intentaba  mover las piernas para recuperar la circulación, haciendo fuerza con mis manos para que la cuerda  no me aprisionara tanto pero mis fuerzas eran escasas. No sabía como iba a subir esos 3 metros y menos como iba a zafarme de los 5 que me esperaban arriba.

Exhausto y sin fuerzas empezaba a oscurecer entre las montañas, el frío y la lluvia hacía que mis manos ya ni siquiera respondieran al esfuerzo de subir mi cuerpo para llevar circulación a mis piernas, apoyado con la cabeza en la cuerda intentando respiran profundo esperaba lo peor hasta una ráfaga de tiros me sacaron de mi letargo, cayendo a su vez las 5 hienas barranco abajo.

―Hola amigo
―Hola. ¡Hola!. ¿Podéis ayudarme? no siento las piernas, llevo horas colgado―las lagrimas se me saltaron a ver a un padre y su hijo asomados mirándome―.
―Has liado una buena, ¡eh!.
―Si, no es la primera vez que los tiro al vacío. ¿Podría subirme? No aguanto más.
―Espera, espera ahí.

El hombre intentó varias veces tirar de la cuerda pero se le resbalaba, al final optó por lanzarme otra cuerda atada a su coche y subirme con este poco a poco.

Tirado por fin en el suelo firme, al lado del peregrino, me deshice de las cuerdas que aprisionaban mis miembros, empapado bajo la incesante lluvia y tiritando, soltándome todas y cada una de las cuerdas, reía gritando y lloraba por verme vivo y de nuevo con esperanzas después de esas largas horas donde seriamente vi mi final. Entretanto el señor me observaba en la lejanía, hasta que salió del coche, ahora sin su hijo, dirigiendo hasta mí.

―Dame las llaves de tu coche―Me dijo apuntándome una escopeta de doble cañón―
Me intenté incorporar sin suerte, pero el me puso el pie en el pecho con aplomo.
―Perdone ¿que quiere? Tengo de todo lléveselo pero al menos déjeme el coche.
―Tú dame las llaves y luego negociamos.

Le di las llaves tembloroso, las cogió y se las tiró al muchacho que estaba esperando fuera de mi coche.

―Nos vemos en casa, no te pares―gritó―.

El niño de a penas 12 años cogió mi coche y se fue sierra adentro, hacia el Santuario de la Virgen.

―Tú no te muevas.
―Por favor no me deje aquí, no sobreviviré.
― De todas formas no debe de quedarte mucho tiempo chico―dijo señalando a mi mano con la escopeta―.
―No, no, no. No es una mordedura, lo juro es una herida normal.
―Si, claro, pero eso no lo adivinaré yo. No te muevas.

En un momento creí que iba a disparar, cerré los ojos temblando y se fue. El maldito hijo de puta se fue, sin más.

Me puse a gritar, llorar, patalear, incluso vomité del disgusto. Era ya casi de noche, tenía que moverme rápido, apenas 5 kilómetros distaban por carretera de la casa de campo de mi familia. Tenía que correr, correr para calentarme, necesitaba comer y beber pero eso era secundario, el problema es que si había hienas mi desventaja era mayor de noche y lo único que tenía era una cuerda y una maravilla de navaja suiza en el bolsillo.

Me levanté, muy mal, mis piernas eran de otra persona, caí unas cuentas veces, sentado y lleno de barro recogí mi cuerda, la enrollé entre en mis hombros y espalda a la vez que salía andando en dirección contraria hacia donde se fue el que antes era mi coche. Andaba patosamente, mis piernas no daban para más, ahí si que me sentí como típica rubita torpe que en las películas de miedo que se tropieza incansablemente hasta que le pilla alguna bestia sedienta de sangre. Empecé a aumentar el ritmo, mis músculos empezaban a calentarse, mientras corría, por el camino, cogí un buen palo al que empecé a hacerle punta con la navaja como medida de protección. Era completamente de noche pero el asfalto me guiaba a mi destino y el sonido de la lluvia y los arroyos que corrían tapaban el sonido de mis pasos e incluso mi olor.

En la oscuridad de la noche paraba de vez en cuando para tomar aire, las gotas de la lluvia se mezclaban con el sudor y el barro cayendo desde mi frente y retomaba de nuevo la marcha. Después de no mucho tiempo llegué a un complejo turístico que estaba a 3 kilómetros de mi destino final. Una fila de unifamiliares se levantaban ante mi,

―Ahí no debe de haber nadie, eran para alquiler―pensé―.

Fui hacia la más “segura”, una situada al extremo más alejado de la carretera.

―¡Maldita sea!, si esto está blindao´―grité―.

Después de un rato pensando y rodeando todas las casa decidí darme por vencido, tenia una bajona más grande que Marcos de Fama ¡a bailar! 1. Tenia frío, estaba chorreando desde hacía horas, empezaba a tener como fiebre y a encontrarme muy muy mal.

Sentado llorando amargamente, sin fuerzas , vi por la sobra de la  poca luna que había,  un balcón, detrás de la cortina se vislumbraba la ventana corredera entreabierta. Las casas tenían rejas y persianas, menos el balcón que tenía solo persianas. Seguramente la dejaban entreabierto para que se aireara la casa y no oliera a humedad, ahora solo tendría que llegar a uno de ellos.

Tire al suelo un barril de madera, mas pesado que su pu… que tenían a modo de “mesa-decoración” en el jardín lateral que unía los unifamiliares. Até la cuerda al barril y la tire al balcón varias veces hasta que cayó a mi gusto, le hice un nudo a media altura de mi cuerpo me agarré fuerte, apoye el pie en el nudo y haciendo fuerzas con la pierna me incorporé hasta llegar a la parte baja del balcón, ahí y no sin sufrir mucho, logré subirme de rodillas a él y por fin saltarlo. Estaba exhausto , subí la persiana un poco y entré a la casa. Me quité la ropa y me metí ahí mismo en la cama, envuelto en una manta maravillosa y dormí durante horas y horas.

Apenas había amanecido cuando mi cuerpo decidió que era la hora de levantarse. Prácticamente a oscuras como estaba, subí la persiana lentamente para no hacer ruido, nunca sabía quien podría andar cerca.
― Maldito hijo de puta­―dije mientras recordaba al cabrón que me había salvado la vida para luego quitármela.

Me dolía todo el cuerpo, el cuello más que todo. Tenía un moretón en forma de cuerda grabada en mi s piernas y cintura, a parte de 100 moretones más repartidos por todo el cuerpo. Daba pena verme, había agua, se ve que tendría un depósito en la parte de superior para cada casa, me lave la cara, manos y brazos, me enrollé en mi manta y bajé a explorar la casa.

― Ojalá haya algo para roer― dije al aire― .

Afuera seguía lloviendo finamente, mientras yo conocía mi pequeña casa de campo; arriba había dos habitaciones con un baño cada una y abajo un salón con cocina, un baño y otra habitación muy pequeña con una litera. Había un leñera al lado de la chimenea con leña al menos para un día y todos los útiles para encenderla.

Fui corriendo a mirar el frigorífico y la cocina. Nada, solo había lo básico, azúcar, sal, aceite y vinagre.
Cogí el azúcar y empecé a metérmela en la boca como si no hubiera comido en mi vida, mientras encendía la chimenea para secar toda mi ropa. Así pasé todo el día comiendo azúcar, azúcar con aceite, aceite sobre mi mano con un poquito de sal…una dieta muy variada, y calentándome en la chimenea, echando palos poco a poco para que me durara todo el día. Necesitaba descansar y pensar como llegar hasta la casa de mi prima o al menos volver al pueblo , donde tenía una casa llena de provisiones y herramientas.

Sentado todo el día frente a la chimenea, como en estado de shock,  recordaba los “findes” con mis amigos en casas como esta, jugando a juegos de mesa, bebiendo vino y cerveza y fumando canutos como si nos lo fueran a robar y todo frente una chimenea como esta. Esas paellas campestres…¿dónde estarán todos ahora?. ¿Caería alguno de ellos por el barranco?. Prefería no pensarlo.

El día siguiente se levanto todavía feúcho, pero al menos no llovía, yo estaba mucho mejor pero muy desnutrido, el estomago se me retorcía y las cucharadas de aceite del día anterior me calmaban momentaneamente pero parecía que estaba tragando un purgante por las veces que tuve que ir al baño. Aproveche los ultimo rescoldos de la chimenea para calentar agua en ollas y ducharme con un jabón malo de estos envueltos como caramelos que ponen es sitios así. Aún así me sentó de maravilla sentirme limpio, aunque no podía decir lo mismo de mi ropa seca y acartonada.

Me arme de valor y aún con una tímida fiebre que no se iba salí seco y limpio camino a encontrar mi familia. Anduve lo más rápido posible , esta vez campo a través hasta llegar a la casa, no sin por el camino saltar innumerables verjas con pinchos que hacían en mi ropa girones pareciendome cada vez más a una hiena. Iba a llegar bonito.


―¿Hay alguien?―grité golpeando la puerta―.

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