Llevaba casi un
mes encerrado en casa con la única compañía
de Juan y Marga, la cual empezaba a ser más constante para no empezar a
entrar en estado de locura máxima. Una especie de ola de frío llevaba instalada
toda la semana en la ciudad, el agua nieve caía de vez en cuando de una forma
bucólica tras los cristales de mi salón.
La comida de Mamá se había acabado hacía semanas y empezaba a perder algo de peso,
un hueco sombrío al lado de mi ventana me hacía las veces de refrigerador para las últimas existencias de fruta, al
menos el maldito frió de enero en Madrid estaba sirviendo para algo. ¡A ver si este frío mata a los putos zombis!
Mi intriga por
su comportamiento me hacía salir muy de vez en cuando al tejado. Un día tiré
un tomate semi-podrido lo más lejos posible, el ruido hizo que los 15
infectados de la calle se giraran y fueran hacia el lugar rápidamente. También
conseguí que otros tantos vinieran velozmente de la Plaza del 2 de Mayo…muy
inteligente por mi parte. Al menos sabía que obedecían a otros estímulos que no
fuera su olfato, pero algo me llamó mucho la atención. Como si fueran robots volvían
al mismo lugar de donde partieron indistintamente, se repartían en grupos pequeños de 2 a 4 en
las puertas de la calle hasta que la bloqueaban, entre ellas la mía,que suerte. De alguna forma se dispersaban hacia cada uno de kis edificios donde imagino que alguien
sano se refugiaba.
―Shhhhhh,
shhhhhhh
OMG, una chica
en el tejado de enfrente me hace señas.
―Shhh ―le
hago un gesto de que guarde silencio para no llamar la atención de los nuevos
porteros―.
Espera le digo
con la mano, y bajo rápidamente a por el pizarrón de la cocina y un rotulador
gordo.
―Hola,
tienes algo para escribir?
Ella desaparece
unos minutos. Supongo que será la vecina de esa maldita terraza escondida
detrás del tejado que da a la otra calle y que tantas fiestas veraniegas me han
tenido en vilo entre semana cuando tenía trabajo y horario estable.
―Hola.
¿tienes comida?
Esa fue la
primera frase que me escribió con angustia en su libreta de Hello Kitty. La
chica estaba desesperada, eso se notaba en sus ojos y su tez era blanquecina y
delgada. Un sentimiento de realidad inmediata me saco en un segundo de esa película absurda que llevaba un mes reteniendome en casa. Esa chica estaba ahí, era real y estaba muriendo de hambre sin poder hacer nada, era un futuro muy cercano al que me enfrentaba cara a cara.
―Sí,
algo tengo, pero no puedo tirártela, caería―los gays no somos reconocidos
mundialmente por ser buenos lanzadores ni recogedores de objetos volantes
precisamente―.
―No
tengo nada, llevo dos días de agua y azúcar.
―Espera,
intentare inventar algo.
Mientras cortaba
las cuerdas del tendedero del patio interior, que eran bastante largas, un sentimiento asquerosamente egoísta empezó
a recorrer todo mi cuerpo, supervivencia tal vez, pero no quería morir yo de
hambre para que otros aguantaran un par de días más. No era justo pero era lo
que había. De todas formas intente no perder mi humanidad y seguí cortando y
enlazando cuerdas.
Esto es una
chorrada, estas cuerdas, si llegan, no van a aguantar mucho peso y la comida
quedará a mitad de camino si consigo lanzadla bien como para que no caiga, golpe la fachada y encima atraiga a todos los enfermos.
Oye, estás sola?
―Si
―Cruza a mi portal.
―NO! Estás
loco?
―No hay
otra forma, la comida no te llegará. Inténtalo!
―Inténtalo tu y tírame algo!
―NO,
obsérvalos―escribí señalándolos―
Cogí una pequeña
teja suelta que bordeaba mi ventana y la lancé hacia el otro lado del tejado.
Prácticamente todos corrieron sin dirección fija tratando de seguir el rastro
del ruido, dejando libres su portal y el mío.
―¿Ves?
―NO, me
da miedo.
―Mi
vecino nos ayudará, el tirará algo y yo bajaré a abrirte.
―No sé.
―¿Sí o
no?
―Mañana― escribió con cara angustiada―.
―Ok
mañana hablamos, te veo por la mañana.
Ok, le señale con
la mano y rápidamente escribí de nuevo.
―Mi
nombre Noel, Tu?
―Nuria
―Encantado
:-)
― :-)
La esperanza de no
verse sola la había animado, se notaba en su cara una leve sonrisa a la vez que
un atisbo de preocupación por la situación de salir al exterior.
Después de
contarle a Juan el plan para el día siguiente, yo estaba seguramente más nervioso que ella. No me fiaba de que Juan pudiera subir graciosamente las escaleras de barco
al cuarto y mucho menos saltar al tejado, todo esto sin contar de que lo que
lanzara, fuera lo suficientemente lejos para tener el tiempo necesario para
cruzar de un lado a otro.
Esa noche no dormí prácticamente nada. La responsabilidad de su vida, de la mía, de la seguridad del edificio y de Juan y Marga, me hizo analizar cada paso un millón de veces. En esta nueva vida no hay lugar para los errores.
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