30/1/13

Capitulo 2. Los dos meses - Parte 4 -


15/01/2013
5:20 a.m

Un ruido ensordecedor me despierta en medio de la noche. Disparos e incluso mini explosiones me despabilan de inmediato acercándose velozmente hasta mi casa.

Llevaba un par de días sin muchas esperanzas, como un vagabundo merodeador sin parar de pensar en mi familia. Salvo por una pequeña visita de Juan, llevaba unos días esperando a que un guapo, musculoso y armado militar me recogiera de mi domicilio y me metiera de to´ menos miedo, o al menos que me metiera en un furgón de esos verdes militares típicos de campos de concentración para trasladarme a una zona segura. 

¡Sí! Son ellos, están limpiando, siguen en activo ¡¡¡qué alegría!!!
Cojo rápidamente el batiburrillo de sabanas entrelazadas aún enganchadas a la cama y salgo al tejado con tantas ansias que casi en un traspié me precipito al vacio.

Ahí están matando a los andantes en sus coches de asalto. Buah, ¡¡esto sí que es de película!!. Son un poco malos y no aciertan a todos porque van demasiado rápido pero se están cargando prácticamente a toda la calle. Varios hombres y mujeres uniformados sobre una especie de Jeep con protecciones van disparando en 360°.  Cuando ya iban saliendo de la calle empieza a sonar un ruido extraño, una vibración leve se nota en los cristales del ventanuco que queda detrás mía.

Oh Dios mío, por favor, no me lo puedo creer,  son cientos de ellos, miles, tomando la esquina de mi estrecha calle corriendo hacía el Jeep. Son tantos que rebosan por las esquinas para poder entrar formando un tapón de enfermos coléricos que forcejean entre ellos para ser los primeros que se echen el manjar a la boca.

No están limpiando ¡están huyendo!, han entrado por mi calle desde Fuencarral a la Plaza del 2 de Mayo precisamente por eso, para reducir su velocidad y que hagan un tapón que los frene. Oh, muchas gracias hijos de puta, me vais a dejar la calle de puta madre para salir algún día. Esto parece la boda de Lolita pero en versión Thriller.

La multitud empieza a desentaponarse y seguir su camino. Uno de ellos parece que mira para arriba, es momento de entrar en casa, si es cierto que nos huelen no quiero que se queden en la calle esperando mi lindo body para sus propósitos.

Los nervios me corren por el cuerpo de ver lo que me puede esperar ahí fuera, sin armas, y con un cuchillo jamonero comprado en Toledo como única defensa. Voy a intentar seguir durmiendo, no quiero afrontar la realidad ahora, el lexatin de cada noche me deja no calmado pero si al menos lejos del pánico. Mañana tendré que empezar a pensar un plan real que me pueda sacar de aquí en un momento dado, no voy a morir con Juan y Margarita en esta finca, eso lo tengo claro.

Nada más despertar fui a comentar con Juan la jugada de la noche anterior. El abrió uno de sus postigos levemente y también pudo contemplar la escena.

―Esto es mucho más de lo que yo pensaba Juan, no veo salida ni escapatoria.
―Bueno, al menos parece que la zona se quedo más desierta con el paso de los militares. Esta mañana he mirado por las rendijas y parece haber la mitad de los que antes circulaban por la calle.
―Me da igual, ¿has visto la cantidad que había? Eran cientos, miles, ¡y como corrían!
―Pero bueno Noel que te pensabas ¿que había 5 por calle o qué? Te lo dije en su momento, esto no va a ir a mejor.
―Juan, no lo asustes, no sabemos nada, a lo mejor que los persiguieran era su estrategia para juntarlos en una zona – dijo Marga-
―Marga, esos pobres diablos no han pasado de Moncloa, en cuanto hayan salido a una arteria principal la cantidad de personas en la calle no dejaría andar ese jeep, ¡y encima descubierto!

Los tres quedamos callados y pensativos. Dentro de cada uno existía un poco de esperanza de que todo fuera parte de un plan, aunque la realidad nos mostrara algo diferente.

―Aparte de todo, les querría invitar a un arroz murciano de mi madre, se me va a poner malo porque es de pescado y lleva 1 día totalmente descongelado,  me gustaría que subieran a almorzar.
―No hijo no, cómelo entero tu solo, distribúyelo en comida y cena, no desperdicies comida, nosotros estamos aún muy bien. No malgastes.
―Ok, como quieran, subo a entonces a desayunar, si cambian de idea aún tienen tiempo hasta la hora de comer ¿ok? Luego nos vemos.
―Hasta luego hijo, que te aproveche.
―Igualmente, hasta luego.

En mi casa hacía hasta calor de la calefacción gratuita,  pero ese lujo duraría poco en acabarse. El agua y gas estaban en ese punto crítico, llegando con menos fuerza y toques de aire cada vez más frecuentes. Tenía que cocinar todo lo cocinable y guardarlo, no podía dejar que nada de esa comida se pudriese, aunque ya había tenido que tirar un par de cosas desde que se fue la luz.

La cosa esta torciéndose rápidamente y aún no he pensado la manera de salir de este agujero antes llamado casa.

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