Empecé perdiendo
la noción de la horas, luego la de los días y en este momento ni siquiera estoy seguro
en qué año vivo. Solo las estaciones, ahora más crudas de lo que eran entonces,
me recuerdan al menos en que época del año me encuentro.
He perdido todo
lo que le daba sentido a mi existencia en este mundo. Todo se muere a mí
alrededor y el único sol que aún me daba calor se ha extinguido, se ha perdido
suavemente entre mis manos como si fuera
el agua que escurre entre mis dedos en este maldito rincón del mundo lleno de
miserias y desolación.
La “supuesta”
tierra prometida esta cerca, iré sin él, lo dejaré aquí descansando como si
estuviera dormido, pero llegaré, lo haré por los dos y allí por fin podré
descansar tranquilo e incluso morir en paz.
Nunca creí en
Dios, al menos no en mi vida adulta, pero si me dio este don, ya no lo quiero
más, no lo quiero volver a utilizar. Quiero que todo siga su curso tal y como
debería ser. Nos merecemos la extinción que el virus IH tenía programada para
nosotros. No voy a ser yo quien detenga eso. Es nuestro sino.
Noel Avellaneda, 14 de septiembre del 2016
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