Era el 14 de marzo, un buen día
para morir, como otro cualquiera. Nos encontrábamos acorralados en medio de la A4
por varios infectados que golpeaban el coche el cual no iba ni pa´tras ni pa´lante.
Después de la mañana que llevábamos ya no me dejaba cundir por el pánico pero la
situación empezaba a ser un poco cargante.
Amanecimos temprano aquel día,
como a las 6:30, con más nervios que un filete de 5 duros. Nos mirábamos en
silencio ultimando los preparativos para salir al exterior.
La idea general era coger mi
coche que se encontraba a dos cuadras en la misma calle Malasaña. Para ir
rápido y directos debíamos de cruzar la plaza y meternos por la calle Ruiz, en
esa esquina estaba mi buga con lo justo de gasoil para llegar hasta mi
pueblo, lo malo era que no sabíamos el
estado de las callejuelas, calles y carreteras para circular luego con el
coche, eso era lo “único” que podía cargarse todo el plan y por consiguiente
llevarnos a la más absurda muerte.
Con todas nuestras provisiones
guardadas en el armarito de los contadores de la luz, ultimamos los detalles
del loco-plan, como lo llamábamos Nuri y yo.
―¿Es solida la rampa Nuri?
―Sí, he subido tres veces y hasta he
saltado encima. Este somier de Juan y Marga es de los antiguos buenos.
―Ya está todo listo entonces.
Mientras Juan y marga acumulaban
la putrefacta basura delante de su puerta para no ser olidos, yo aseguré la
segunda puerta del portal para que no se cerrara y subí a despedirme de todos antes de
empezar.
―Juan ha sido un gusto haberte
conocido, sé que es de muy gafe hacer esto pero no sabemos cómo se precipitaran
las cosas. Marga encantado de conocerte también, has sido como una madre para
nosotros todos estos meses.
Sabía que esas palabras le
alentarían mucho ya que no habían podido tener hijos nunca y cuando ya las
técnicas de fertilidad estaban avanzadas Marga tenía una menopausia
temprana.
―No te preocupes hijo todo saldrá
bien y recuerda lo que hablamos, quien se queda atrás, se queda atrás, hay que
seguir sin mirar sino ninguno saldremos de aquí.
―Si Juan, entiendo.
Con lagrimas en los ojos nos
abrazamos intensamente los tres y les cerré la puerta, poniendo la basura delante
y restregándola por cada ranura. En ese momento los nervios y el olor a
putrefacto hizo que varias arcadas recorrieran mi cuerpo pero me contuve
subiendo rápido a avisar a Nuria.
―Putilla, ¿Are you ready?
Nuria me miró intentando esbozar
un sonrisa, se asomó, por la ventana y me dio un beso.
―Si, venga, aquí te espero
mariquita.
Cuando iba bajando Nuria me
grito: Y quítate los tacones para correr!. Que hija puta, me hizo reírme por
unos segundos. Espere un poco pensando en mis movimientos y retire poco a poco
el mueble y el somier, dejando una de las puertas solamente libre para abrirla
y hacer de tamiz entre los viandantes. La excitación de ellos fue a mayor y
empezaron a golpear la puerta con más energía al oír el barullo que estaba formando detrás.
Tome aire y:
YAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA grité hasta que me quede sin aliento.
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