Marga y Juan empezaron a tirar
todo lo que tenían a mano sacando solamente las manos por los balcones, Nuria
tiraba tejas y demás cacharros que habíamos acumulado en el tejado a todas
direcciones. El estruendo era magnifico y una cantidad de zombis se acumulaban
a las puertas de nuestra casa mientras yo intentaba sujetar la puerta con mi
cuerpo para que no cediera entera.
Cuando la presión era
insoportable y adivine que no podía sostenerlos más deje de forcejear y mirando
la puerta desde enfrente, como si fuera una caricia a cámara lenta, accione el
pomo sin pensar.
Cientos de alimañas empezaban a
seguirme escaleras arriba hasta mi casa. Marga y Juan seguían tirando
objetos para llamar la atención de todos
los que pudiera alrededor. Nuria ya estaba preparada para recogerme y ayudarme.
Segundos después y como pronosticamos empezaron a salir de uno en uno o de dos
en dos si cambian por el ventanuco de mi habitación. En cuanto pisaban el
tejado iban cayendo al vacío sin vacilación. De todas formas Nuria y yo poseíamos
dos armas invencibles, una escoba y un fregón que nos hacía las veces para
empujarles si es que alguno conseguía dar un paso hacia nosotros en el otro
extremo del tejado.
Era la primera vez que los veía
de cerca, durante varios segundos, aquellos que duraban un poco más sin caer al
vacío, contemple aquel raso extraño que los diferenciaba; sus ojos eran
indescriptibles, ensangrentados y sin ningún ápice de humanidad. Podría
aventurarme a decir que eran ojos de una persona loca pero el vacío que se
notaba en ellos era de otra naturaleza. Enseñaban los dientes como animales y
se movían tan rápido como su cuerpo les permitía.
Por ese tejado cayeron de todo;
niños, viejos, gordos, góticos, travelos y toda la fauna variopinta que circundaba
Malasaña.
―Jo tía, llevamos media hora y no
paran de salir, ¿serán que reviven y vuelven a subir?
―Que va si he mirado y hay un
montón de muertos en el suelo, lo que pasa es que están cayendo ya unos sobre
los otros y no se hacen tanto daño.
―Vamos a tener que acercarnos y
empujarles para que caigan mas allá y se golpeen con el suelo duro.
―Movámonos hacia arriba y vayamos
por la otra parte de la ventana.
Así estuvimos durante más de una
hora hasta que quedaron un par que ya no podían hacer montón para subir las
escaleras de barco y otros dos listos que se habían quedado en la puerta de
Juan y Marga.
―Clávale el cuchillo a ese.
―No, clávaselo tu maricón.
―Venga tía si lo vas a tener que
hacer alguna vez. Además por eso te lo deje a ti.
―Que no, que yo paso, toma.
De pronto oímos disparos. Nuria y
yo nos quedamos mudos mirándonos. A los 10 segundos Juan subió con una escopeta
de plomillos gritando. Estaba super-emocionado. Apuntó a los ojos de uno y se lo
cargo, el otro estuvo iba directo a morderle pero Nuria le clavó el cuchillo
jamonero en la garganta, a lo que Juan le disparó igualmente en uno ojo.
―Venga coño, correr que esta todo despejado por ahora―gritó Juan nerviosamente.
Eché un último vistazo a mi casa,
los malditos zombis la habían dejado como el Lefties de Gran Vía en rebajas y silenciosamente
me despedí de ella para siempre. Nuria y yo cerramos la puerta de abajo y
corrimos como enanos hasta mi coche. La escena era almodovariana, Nuria con un
cuchillo jamonero y un fregón y yo con la escopeta de Juan y una escoba
corriendo por Madrid.
La plaza estaba despejada,
parecía mucho más fácil de lo que pensábamos y eso no me gustaba. Llegamos al
coche y ahí fue donde vimos unos 4 o 5 “sordos de mierda” que no habían acudido
a nuestra llamada y que empezaron a correr fugazmente hacia nuestro coche.
Una vez dentro guiñe los ojos
mientras daba al contacto para que la batería no se hubiera muerto en todo este
tiempo. Venga bonito, no me falles,
venga, venga ―pensaba―.
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