Llevábamos días obsesionados con
la idea de salir de allí, lo necesitábamos y el momento estaba muy cerca. Nuria
y yo teníamos nuestro Loco-plan mata-zombis de escape casi ultimado, pero
teníamos que pedirle permiso a Juan y Marga porque la seguridad del edificio
corría grave peligro para realizarlo pero no teníamos más opciones o ideas, era
o eso o nada.
Nuria que era más intrépida que
yo y sobre todo poseía ese equilibrio que mi metro noventa no disfrutaba,
corría por los tejados como si se hubiera criado encima de uno. Durante las
mañanas que vivió en mi casa se dedicó a
andar por todos los tejados accesibles de la calle e incluso pudo entrar a un
par de viviendas de donde trajo azúcar, leche, alguna que otra lata e incluso
un par de botellas de vino. Según ella el numero de “zombis” era parecido en
las calles aledañas. Había como unos 10 por vía y unos 30 en la plaza,
repartidos equitativamente por la zona.
Al anochecer con una de las
botellas de vino y el resto de una vela grande de casa que utilizábamos cuando
nos juntábamos, discutimos con Juan y Marga el plan durante largas horas. Para
mi sorpresa y la de Nuri, ellos también querían participar aunque sabían que
nos dificultaría llevarlos, pero sus miradas estaban tan desesperadas de ayuda
que no pudimos negarle nada así que el plan se modifico en parte a sus
condiciones físicas siempre y cuando pudiéramos llevarlo a buen puerto.
Comimos y bebimos vino y ginebra
de Marga durante toda la noche, hasta chistes hubieron de por medio. En un
ambiente distendido gracias al alcohol, donde la ilusión por salir nos hacía
estar ilusionados como niños que van a hacer una travesura pero que a la vez
les preocupa por si la cosa no acabara como esperaban, hablamos y diseñamos el
plan milimétricamente, preocupándonos por la seguridad de todos.
El ambiente se perdió casi
rozando el alba cuando Juan nos hizo prometer a todos que cayera quien cayera
por el camino debería quedar atrás. Todos nos miramos y asentimos sin prácticamente
sonar una claro “SÍ” de nuestros labios.
Estaba decidido, en un par de
días saldríamos de allí y si moríamos al menos lo hacíamos con dignidad y no
lentamente de inanición y sed. La procesión iba por dentro, nadie hablaba más
allá del plan y ninguno nos atrevíamos a pensar en la suerte que correríamos.
La muerte estaba presente desde hacía dos meses en nuestras vidas, habíamos
aprendido a asumirla de cualquier manera, la decisión final era esta, deberíamos afrontar de una vez nuestra suerte cara a cara.
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