Durante dos
largos días y peores noches, pagamos con creces la incorporación de Nuria a
nuestro bloque. El escándalo que habíamos formado en la calle era tremendo,
alrededor de 30 hienas se agolpaban al pie de nuestro edificio. Hienas fue el
nombre que se nos ocurrió ponerles tras analizar cómo se movían en manada y
comían cualquier cosa.
Según Nuria, los
había observado durante largos días a pesar del frío y cuando tenían hambre
iban comiendo restos de cadáveres del suelo, con una actitud de repugnancia,
haciendo gestos como si no les gustara la carne muerta o podrida, pero su
instinto de alimentarse los obligaba a ello.
Nuria, la antes
conocida como la zorra-hijaputa de la terraza de las fiestas de enfrente, era
una fisioterapeuta joven, alta y guapa con grandes ojos color miel. Natural
como ella misma también era natural de Barcelona, llevaba viviendo en Madrid 2
años para estudiar osteopatía. Cuando empezó todo esto se encerró en casa
muerta de miedo al ver como una amiga era prácticamente devorada por dos
enfermos, quedando en casa con las cuatro cosas que poseía. Durante todo el mes
se dio cuenta que era la única persona “sana” de su edificio, ya que buscando
comida por el por él, encontró a un infectado dentro de una habitación al cual
volvió a encerrar rápidamente sin mayores consecuencias.
El ruido era continuo y constante, sin
cansancio estuvieron aporreando nuestra puerta durante dos largos interminables
días, donde la charla y el vino que tenía nos ayudaban a guardar la cordura,
aunque nos estaban volviendo locos. Tiramos
varias veces objetos a larga distancia para poder descansar pero ya no todos se
movían, y el resto volvía enseguida, no querían dejar escapar a tanta carne
fresca del edificio.
La mañana
siguiente de la segunda noche durmiendo con tapones improvisados en los oídos,
un lexatin y media copa de vino, estábamos desayunando como con una leve resaca
una mísera cucharada de miel y una rodaja del jamón que me había regalado mi
padre para navidad, cuando oímos que los golpes paraban súbitamente.
Salimos al
tejado corriendo y con cuidado y de pie cerca de la ventana adivinamos ya en la esquina
a una pareja joven torciendo hacia la plaza.
―No lo
van a conseguir, son más rápido que ellos, y van demasiado cargados.
―Shhh
calla Nuri, escuchemos.
No se oyó nada
en 1 minuto hasta que los gritos desgarradores de ella retumbaron por todo
Madrid…hasta que se silenciaron.
―Pobres
desgraciados, aprovechando que toda la calle estaba en nuestro portal han
decidido salir. No contaron con lo que hay en las demás. – dijo Nuria–
―Pobrecita.
Voy a bajar Nuria, quiero ver en qué estado está la puerta.
―Te
acompaño.
La puerta seguía
viva aunque bastante doblegada. Entre Nuria Juan y yo bajamos un pesado
aparador de la casa de Juan para reforzarla un poco y lo llenamos de toda la
basura que habíamos generado en ese mes en las escaleras y los objetos pesados
de nuestras casas. Ojalá la basura tape un poco nuestro olor. Encima del
aparador pusimos el tablero de mi somier, encajándolo entre el aparador y la
puerta.
Muchos de ellos
volvieron a la calle de nuevo al cabo de unas horas pero ya no todos reconocían
la puerta ¿Habría funcionado?
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