Aceleramos el paso para escapar definitivamente de las hienas que se agolpaban frente a las puertas, como un día de rebajas "mortal", de El corte Inglés. La M-30 estaba a rebosar, miles de coches se agolpaban en todos los
carriles, algunos de ellos tenían infectados dentro, otros gente muerta de
inanición ¡o de vete tú a saber!, y la mayoría de ellos estaban vacíos.
Corría todo lo que podía por los arcenes, rasgando mi antes "preciado coche" contra los
otros. Hacía mucho que perdimos los retrovisores y una gran cantidad de hambrientos perseguían y golpeaban el coche a nuestro paso, que no iba lo
suficientemente rápido para dejarlos atrás a todos. Aun así la carretera no
estaba tan masificada. La salida sur estaba abarrotada de coches pero no quería
imaginar cómo debía estar la dirección norte, que llevaba a la Sierra, primera
opción de una persona cuerda en esos momentos.
―Joder, joder como rompan un cristal la
hemos jodido ―decía Juan repetidamente y bastante nervioso―
Nuria estaba más tranquila, como yo, estaba enmudecida por el terrible paisaje y escrutaba cada
detalle del entorno. Marga estaba en un estado catatónico, con los ojos
cerrados en medio del coche con la cabeza apoyada en la barriga de Juan, intentaba desvincularse de lo que ocurría a su alrededor.
Después de una larga hora y media de terror psicológico de constantes golpes, salimos a carretera
abierta. El lado que escapaba de Madrid hacia Andalucía estaba prácticamente
impracticable pero, en dirección contraria los coches brillaban por su
ausencia, así que cruzamos la mediana y seguimos a contrasentido durante todo
el trayecto. Durante varias decenas de kilómetros todo iba “sobre ruedas” salvo por los 4 imbéciles que se abalanzaban
de vez en cuando hacia nosotros.
Una vez escapados de la civilización masificada de la capital
encontrábamos pastos y llanuras secas, típicas de La Mancha, donde en vez de
vacas o cualquier otro animal se divisaban nuestras amigas hienas devorando sujetos
en el suelo. Como auténticos suricatos alzaban el cuello al sentir el ruido del
motor a lo lejos y a toda prisa intentaban acercarse a la carretera para
alcanzarnos pero nuestra velocidad era demasiada para ellos.
―No puedo quitarme de la cabeza a la
gente del Corte Inglés. Tenían que haber escogido sobrevivir allí por las
existencias del supermercado o la seguridad de las persianas metálicas ―dije―.
―Sí, pero no han tenido en cuenta que
romper todos esos cristales, a parte del ruido que habrán formado, les daba a
las hienas acceso directo a su olor. ¡Y encima como son pocos…! ―dijo Juan―
―Espero al menos haberles dado un descanso y quitarles toda esa mierda apelotonada, que los tenía que estar volviendo locos.
―Si, pobres desgraciados―dijo Juan―.
Todos nos quedamos en silencio pensando en ellos, pensando en todas esas familias enteras que nos miraban por los cristales con una mezcla de sorpresa, desesperación y puede que algo de esperanza.
El panorama estaba cambiando poco a poco, pasando el pueblo de "Tembleque", los
zombis iban desapareciendo, pero al contrario teníamos que esquivar cada vez más y más coches que habían tenido la misma idea de cruzar la mediana como nosotros. El otro lado de la vía a Andalucía presentaba un panorama desolador, un choque en cadena todavía dejaba
restos de humeantes con coches llenos de gente atrapada dentro e incluso calcinada. Preferíamos no mirar hacia
ese lado, era demasiado “fuerte”.
La situación se estaba poniendo compleja hasta que llego un momento en que ir por el propio arcén era prácticamente inviable.
―¿Qué es eso de ahí Nuria?¿Es lo que estoy
viendo?. No me lo puedo creer mira Juan, ¿lo ves?
¡Es un avión! ¡Hay un puto avión en medio de la autovía!!
Un avión de Lan Chile estaba justamente apeado a un par de kilómetros
de nosotros. Parecía intacto aunque el morro estuviera algo quemado, Había
cortado prácticamente toda la carretera y provocado una catástrofe en la zona.
―Esto es demasie pa´ el body ―balbuceo
Nuria―
―Si, esto demuestra de que el aeropuerto
de Ciudad Real no sirve para nada.
―Por ahí viene un de ellos, chicos. Por
detrás ¡mirad! ―De pronto nos interrumpió Juan―
―Mierda no puedo seguir adelante, ¡no hay
salida¡
Intente salirme de la carretera pero los quitamiedos no cedían sin
coger fuerza y no teníamos espacio para movernos. Las ruedas y el esfuerzo del
motor aumentaban nuestro ruido y cada vez más y más infectados iban aferrándose
al maletero y lado piloto, ya que la parte del copiloto estaba bloqueada por
otros coches pegados a nosotros.
―Vamos, da marcha atrás venga, corre―grito Juan―.
Reculamos apenas 2 metros pero detrás de esos zombis había muchos más,
hasta que llego el punto en que los cuerpos que pisábamos no nos dejaban retroceder
más.
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