Entramos rápido, muy rápido, íbamos tan histéricos dirección a lo que
era mi casa familiar que incluso hubo una par de momentos en que casi perdemos el control
del coche al tomar un par de rotondas.
― ¡¡Para Noel!!, ¡¡para!!
No había nadie, todo parecía muy tranquilo. Estaba claro que la gente había huido bastante deprisa, comercios abiertos, lugares saqueados, coches abiertos. De vez en cuando alguna
hiena deambulaba por alguna calle, pero nada importante, todo parecía como estático, así que para conservar esa tranquilidad, zombi que veíamos, zombi que le pasábamos por encima con nuestro nuevo 4x4.
― ¿Qué raro no? ¿Era poca población? ―
preguntó Nuria―.
― Hombre, no es Madrid, pero sus 40.000
habitantes los tenía… No se me ocurre otra cosa más que la gente se fuera hacia
la sierra.
―Ya, pero es que no hay hienas por ninguna
parte, "casi". Es muy raro Noel.
―Bueno, lo mismo es que controlaron la
infección bien o que escaparon rápido, vete tu a saber.
Llegamos hasta mi casa sin problemas, pero claro, meter el coche en la
cochera sin corriente eléctrica no era del todo factible, así que fuimos
directos a la puerta de casa.
―Dejaremos el coche obstruyendo la puerta―dije―.
―¿Tienes la llaves? Si, en el bolsillo superior pequeño de la mochila, pero espera, por ahí viene una.
―Sería menester que antes de entrar diéramos una rueda
de reconocimiento a todas estas calles.
―¿Menester? ¿Que eres un juglar del Mester de Juglaría? jajajaja.
―Chaval, que soy muy leída, aunque ahora sea una maquina de matar.
―Si, si, anda vamos a dar la vuelta y a coger basura, para ponerla sobre el
coche y el portal y disipar nuestro olor, que no me quiero levantar mañana con los tambores.
―Aham―contesto Nuria con desgana―.
―¿Aham? ¿qué te pasa.
―Estaba pensando porque no hay nadie.
-―¿Y….? ¿Alguna idea?
―No ninguna, solo pienso, porque es muy
raro tio.
―Bueno ahora en casa lo pensamos, no
queremos que se nos haga de noche.
Después de unas cuantas vueltas atropellando a rostros conocidos del
pueblo, con más o menos pena, encontramos un cubo de basura de plástico lleno
de desperdicios putrefactos, el cual decidimos remolcar hasta el propio portal.
―Vaya ideas tienes. ¿No te bastaban con un
par de bolsas?― rechisto Nuria―.
―Bueno todo sea por tener una noche
tranquila. ¿Sabes cual es, "o al menos era", una de mis grandes manías?
―No, ¿poner la basura en bolsas
perfumadas?
―Ja, ja...pues no. Odio los golpecitos y a la gente que da golpecitos continuados y estos putos zombis no paran de
golpear, así que bastante he controlado los nervios.
―Molaba mas lo de las bolsas perfumadas.
Cada vez notaba más tenso, no daba pie con bola, todo se me caía, todo era doble trabajo mientras cogíamos nuestras peculiares armas y unos cuantos
suministros del coche antes de taparlo en basura maloliente.
Imaginaba mi casa
llena de sangre o desordenada y solo recordaba el pie de aquel niño saliendo
del armario, esperando no encontrar ninguno de mis sobrinos de aquella forma. La finca donde nací tenía 3 pisos, los dos primeros estaban de seguro
vacíos porque mis padres residían en la costa y el tercero correspondía al
apartamento de una de mis hermanas, María.
―Vamos―dije―.
Nuria respetaba mi silencio, después de este gran hermano de casi 2
meses había aprendido a conocer mis momentos tensos y silenciosos.
Abrí la puerta del portal y subimos por la escalera hasta el primer
piso, el cual se conectaba con el segundo interiormente por una escalera a un
lado del patio acristalado interior. Todo era tranquilo, ni un movimiento o
ruido perturbaba la paz del edificio.
Nada ni nadie, la casa estaba como la recordaba en Navidad. Nada más
entrar nos encontramos con el patio acristalado, a la izquierda de este se
encontraba el salón y comedor y al extremo opuesto la cocina y el patio
exterior, con un baño para invitados. Todo estaba tranquilo, nadie parecía
haber entrado o salido desde mi vuelta a Madrid.
―Todo esta igual―le dije a Nuria.
―Joder tío vaya kelo que tienes.
―Shh, mira, la puerta del patio exterior
esta abierta, ahí esta la puerta que baja a las cocheras. Han debido de dejarla
abierta mis hermanas, al ir a coger los coches.
Los dos cruzamos la cocina hasta llegar al patio y la puerta a las
cocheras.
―Joder―dije, cerrando rápidamente la
puerta que daba a las cocheras―.
―¿Qué pasa Noel?
―Esas escaleras que bajan han sido una de mis peores pesadillas de
pequeño, son estrechísimas, antiguas, frías, húmedas, oscuras y llena de
recovecos. Pertenecen al local antiguo que daba a la calle de atrás y entre
medias hay dos pequeñas habitaciones que
eran oficinas y que son igual de oscuras y húmedas porque no entra nada pero
nada de luz.
―¿Y quieres bajar?
―Tengo que bajar. Es la única forma de
saber si están los coches y si han huido o están deambulando como hienas por
ahí.
―Puff, voy a por la linterna entonces.
―Ponle pilas nuevas, please.
―Ni lo dudaba
Antes de bajar al aparcamiento revisamos el segundo piso, en el cual
se encontraban las 4 habitaciones y dos cuartos de baño. Todo estaba
tranquilo y ordenado así que ya no
quedaba más remedio, había que bajar al sótano.
Decididos, entramos al patio exterior y abrimos silenciosamente la
puerta hacia el infierno. Empezamos a bajar las estrechas escaleras, yo en
primer lugar con la linterna y mi querido palo de fregona y Nuria detrás
agarrada como si entrásemos en la mansión del terror. Si la casa se sentía
vacía y silenciosa esto era lo siguiente, como si fuéramos sordos y un poco
ciegos pisábamos cada escalón mientras la humedad y oscuridad de esas paredes
de cemento visto te hacían sentir transportado a algún lugar cuanto menos
confiable.
―Joder Noel esto se pasa del miedo.
―Shh, Nuri, que no escucho y cuidado con
el cuchillo que lo tienes en mi oreja.
―Enfoca mas adelante no solo al siguiente
escalón, maricón.
Estábamos casi llegando al final de la
escalera, donde en seguida se verían los coches cuando paso una rata, como un
conejo de grande, atravesando el ultimo escalón y descansillo antes de girar a
la cochera.
―Joder que asco y que puto susto―grito Nuria―.
―Calla, sigue.
Una serie de ruidos se acercaban hasta nosotros, un golpe en la pared,
otro, así hasta que logre mantener mi pulso y acertar con la linterna. Era mi
primo Pancho abalanzándose hacia nosotros con los colmillos bien afilados.
Le empuje con la escoba la cual prácticamente entro dentro de su
laringe así que seguí empujando hasta la columna más cercana donde finalmente se la
atravesé totalmente.Después de un leve forcejeo cayó al suelo desplomado con el palo aún
clavado de lado a lado de su garganta.
La preciosa escena era aún más tétrica a la luz de la linterna. La sangre, de
un tono bastante oscuro, salía a borbotones por la circunferencia del palo y
sus ojos empezaron a ensangrentarse cada vez más hasta que prácticamente no se
diferenciaban sus pupilas.
―Tía, he matado a mi primo. Me van a echar
la bulla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario