10/5/13

Capitulo 4. Una noche más - Parte 1 -


Entramos rápido, muy rápido, íbamos tan histéricos dirección a lo que era mi casa familiar que incluso hubo una par de momentos en que casi perdemos el control del coche al tomar un par de rotondas.

― ¡¡Para Noel!!,  ¡¡para!!

 No había nadie, todo parecía muy tranquilo. Estaba claro que la gente había huido bastante deprisa, comercios abiertos, lugares saqueados, coches abiertos. De vez en cuando alguna hiena deambulaba por alguna calle, pero nada importante, todo parecía como estático, así que para conservar esa tranquilidad, zombi que veíamos, zombi que le pasábamos por encima con nuestro nuevo 4x4.

― ¿Qué raro no? ¿Era poca población? ― preguntó Nuria―.
― Hombre, no es Madrid, pero sus 40.000 habitantes los tenía… No se me ocurre otra cosa más que la gente se fuera hacia la sierra.
―Ya, pero es que no hay hienas por ninguna parte, "casi". Es muy raro Noel.
―Bueno, lo mismo es que controlaron la infección bien o que escaparon rápido, vete tu a saber.

Llegamos hasta mi casa sin problemas, pero claro, meter el coche en la cochera sin corriente eléctrica no era del todo factible, así que fuimos directos a la puerta de casa.

―Dejaremos el coche obstruyendo la puerta―dije―.
―¿Tienes la llaves? Si, en el bolsillo superior pequeño de la mochila, pero espera, por ahí viene una.
―Sería menester que antes de entrar diéramos una rueda de reconocimiento a todas estas calles.
―¿Menester? ¿Que eres un juglar del Mester de Juglaría? jajajaja.
―Chaval, que soy muy leída, aunque ahora sea una maquina de matar.
―Si,  si, anda vamos a dar la vuelta y a coger basura, para ponerla sobre el coche y el portal y disipar nuestro olor, que no me quiero levantar mañana con los tambores.
―Aham―contesto Nuria con desgana―.
―¿Aham? ¿qué te pasa.
―Estaba pensando porque no hay nadie.
-―¿Y….? ¿Alguna idea?
―No ninguna, solo pienso, porque es muy raro tio.
―Bueno ahora en casa lo pensamos, no queremos que se nos haga de noche.

Después de unas cuantas vueltas atropellando a rostros conocidos del pueblo, con más o menos pena, encontramos un cubo de basura de plástico lleno de desperdicios putrefactos, el cual decidimos remolcar hasta el propio portal.

―Vaya ideas tienes. ¿No te bastaban con un par de bolsas?­― rechisto Nuria―.
―Bueno todo sea por tener una noche tranquila. ¿Sabes cual es, "o al menos era", una de mis grandes manías?
―No, ¿poner la basura en bolsas perfumadas?
―Ja, ja...pues no. Odio los golpecitos y a la gente que da golpecitos continuados y estos putos zombis no paran de golpear, así que bastante he controlado los nervios.
―Molaba mas lo de las bolsas perfumadas.

Cada vez notaba más tenso, no daba pie con bola, todo se me caía, todo era doble trabajo mientras cogíamos nuestras peculiares armas y unos cuantos suministros del coche antes de taparlo en basura maloliente. 

Imaginaba mi casa llena de sangre o desordenada y solo recordaba el pie de aquel niño saliendo del armario, esperando no encontrar ninguno de mis sobrinos de aquella forma. La finca donde nací tenía 3 pisos, los dos primeros estaban de seguro vacíos porque mis padres residían en la costa y el tercero correspondía al apartamento de una de mis hermanas, María.

―Vamos―dije―.

Nuria respetaba mi silencio, después de este gran hermano de casi 2 meses había aprendido a conocer mis momentos tensos y silenciosos.

Abrí la puerta del portal y subimos por la escalera hasta el primer piso, el cual se conectaba con el segundo interiormente por una escalera a un lado del patio acristalado interior. Todo era tranquilo, ni un movimiento o ruido perturbaba la paz del edificio.
Nada ni nadie, la casa estaba como la recordaba en Navidad. Nada más entrar nos encontramos con el patio acristalado, a la izquierda de este se encontraba el salón y comedor y al extremo opuesto la cocina y el patio exterior, con un baño para invitados. Todo estaba tranquilo, nadie parecía haber entrado o salido desde mi vuelta a Madrid.

―Todo esta igual―le dije a Nuria.
―Joder tío vaya kelo que tienes.
―Shh, mira, la puerta del patio exterior esta abierta, ahí esta la puerta que baja a las cocheras. Han debido de dejarla abierta mis hermanas, al ir a coger los coches.

Los dos cruzamos la cocina hasta llegar al patio y la puerta a las cocheras.

―Joder―dije, cerrando rápidamente la puerta que daba a las cocheras―.
―¿Qué pasa Noel?
―Esas escaleras que bajan han sido una de mis peores pesadillas de pequeño, son estrechísimas, antiguas, frías, húmedas, oscuras y llena de recovecos. Pertenecen al local antiguo que daba a la calle de atrás y entre medias hay dos  pequeñas habitaciones que eran oficinas y que son igual de oscuras y húmedas porque no entra nada pero nada de luz.
―¿Y quieres bajar?
―Tengo que bajar. Es la única forma de saber si están los coches y si han huido o están deambulando como hienas por ahí.
―Puff, voy a por la linterna entonces.
―Ponle pilas nuevas, please.
―Ni lo dudaba

Antes de bajar al aparcamiento revisamos el segundo piso, en el cual se encontraban las 4 habitaciones y dos cuartos de baño. Todo estaba tranquilo  y ordenado así que ya no quedaba más remedio, había que bajar al sótano.

Decididos, entramos al patio exterior y abrimos silenciosamente la puerta hacia el infierno. Empezamos a bajar las estrechas escaleras, yo en primer lugar con la linterna y mi querido palo de fregona y Nuria detrás agarrada como si entrásemos en la mansión del terror. Si la casa se sentía vacía y silenciosa esto era lo siguiente, como si fuéramos sordos y un poco ciegos pisábamos cada escalón mientras la humedad y oscuridad de esas paredes de cemento visto te hacían sentir transportado a algún lugar cuanto menos confiable.

―Joder Noel esto se pasa del miedo.
―Shh, Nuri, que no escucho y cuidado con el cuchillo que lo tienes en mi oreja.
―Enfoca mas adelante no solo al siguiente escalón, maricón.

Estábamos casi llegando al final de la escalera, donde en seguida se verían los coches cuando paso una rata, como un conejo de grande, atravesando el ultimo escalón y descansillo antes de girar a la cochera.

―Joder que asco y  que puto susto―grito Nuria―.
―Calla, sigue.

Una serie de ruidos se acercaban hasta nosotros, un golpe en la pared, otro, así hasta que logre mantener mi pulso y acertar con la linterna. Era mi primo Pancho abalanzándose hacia nosotros con los colmillos bien afilados.

Le empuje con la escoba la cual prácticamente entro dentro de su laringe así que seguí  empujando hasta la columna más cercana donde finalmente se la atravesé totalmente.Después de un leve forcejeo cayó al suelo desplomado con el palo aún clavado de lado a lado de su garganta. 

La preciosa escena era aún más tétrica a la luz de la linterna. La sangre, de un tono bastante oscuro, salía a borbotones por la circunferencia del palo y sus ojos empezaron a ensangrentarse cada vez más hasta que prácticamente no se diferenciaban sus pupilas.

―Tía, he matado a mi primo. Me van a echar la bulla.

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